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La Devoción de Luz



Nadie a quien le hubiese preguntado sabría responder con precisión ¿en qué momento llegó a su vida?… Parecía que había permanecido junto a ella desde siempre y aunque posiblemente fue un regalo que alguien le hizo tal vez durante sus años de infancia o juventud, -en aquellas épocas donde la vida era más simple y la gente tenía fe sin cuestionar nada- tal vez eso explique porque para Luz fue un buen regalo, ya que sin importar que el tiempo se haya encargado de borrar la identidad de quien lo haya puesto en sus manos, una cosa si es segura: la persona que lo hizo, lo hizo de “muy buena fe”, puesto que si su intención era que a partir de entonces Martín le brindara protección y consuelo a lo largo de toda su vida, (a pesar de llevar a cuestas más de 200 años y quizá la responsabilidad de cuidar a muchas otras almas sobre su espalda), él cumplió con la misión que le fue encomendada al pie de la letra, porque a partir de entonces no se volvió a separar de ella jamás.

Fue así como el santo de piel color oscura vivió durante muchos años a su lado. Durante ese lapso de tiempo atestiguó cómo ella se convirtió en esposa de Julio Delgado (hombre recio que le llevaba varios años), y siendo también todavía una adolescente, la vio convertirse en madre primeriza de unas gemelas: Bibí y Lulú, a las que luego les seguirían: Julio, Sergio, Fortino, Martha, Alfredo, Verena, Ma. del Refugio, Salvador, Luis y Guadalupe, para cerrar la familia con Ma. del Carmen y Adrián -este último bebé “extra”- a quien ella cuidó como un hijo propio, cuando a los pocos días de nacido, su madre biológica murió.

Así, entre las cosas del día y los problemas normales, él siempre escuchaba con la misma expresión serena y confiada en el rostro cada vez que Luz necesitaba pedirle de su protección; y tal vez era el mismo Martín quien intercedía para que la vida fuera un poco más fácil, cada vez que la veía enfrascada en un nuevo esfuerzo y que fue lo que quizá propició que su talento en la elaboración de productos caseros floreciera y se perfeccionara con el tiempo; todo con el objetivo de sacar adelante a sus hijos cuando su esposo se ausentaba durante períodos muy largos para ir a otro estado a vender frutas y ganado o trabajar como "extra" en las legendarias películas del oeste de John Wayne.

A Martín le contó también sus penas y preocupaciones; fue el único que la vio doblegarse y llorar cada vez que en casa faltaba algo y por orgullo ella simplemente nunca se atrevió a pedirlo a su marido, puesto que prefería ganarse la vida vendiendo pan, galletas, chorizo, mayonesa o unos deliciosos caramelos (que le dieron fama aún muchos años después cuando sus hijos ya fueron grandes y ella no tenía ya necesidad de seguirlos fabricando); así como también la acompañó durante todas y cada una de las noches de desvelo que pasó cuidando de su esposo cuando este enfermó y murió de cáncer.

Tal vez si Luz no hubiera contado con la protección de Martín y al mismo tiempo hubiese sido una mujer ordinaria, no habría podido soportar un golpe como ese. Pero al quedar viuda, no sólo tuvo que hacerse a la idea de que a partir de entonces la responsabilidad de educar a sus hijos recaería “oficialmente” sólo sobre ella, sino que su entereza se vio fortalecida al grado de que Martín la apoyó en la decisión tan drástica que tomó al salir junto con sus hijos del rancho, por temor a que los hermanos de Julio –su difunto esposo- quisieran hacerle daño a alguno de ellos con la intención de apoderarse del famoso y próspero rancho “Chupaderos” en el Estado de Durango… Propiedad de la que finalmente sí se adueñaron y siguió causando durante muchos años todavía aún más discordias y muertes entre la Familia Delgado.

Sin embargo, para Luz, el bienestar de sus hijos fue siempre mucho más importante que el saberse poseedora por legítimo derecho de miles de hectáreas de tierra, y no obstante la nostalgia por haber dejado para siempre el lugar donde había nacido, los años subsiguientes vivió con la certeza que da el saber que en su momento -y en específico para el futuro de su familia- esa fue la mejor decisión.

Viuda y sin otra cosa más que su determinación, Luz llegó a la frontera de la mano de sus hijos y acompañada de San Martín volvió a empezar de cero otra vez.

En ese lapso, sus hijos y sus hijas crecieron convirtiéndose con su ejemplo en hombres y mujeres de provecho que con el paso del tiempo hicieron su vida y comenzaron a llenarla pronto de nietos y bisnietos que cada Domingo hacían de la casa una fiesta interminable en la que las risas de los niños, los aromas provenientes de la cocina y tan característicos de su comida, así como la música tradicional de Los Saizar, las interpretaciones de Emilio Tuero, Nacha Guevara y hasta los Tangos de Carlos Gardel eran el elemento principal que confirmaba cuando ella estaba presente y a su vez le dieron a su casa vida y calor de hogar.

No había ya necesidad de trabajar para mantener a una familia, pero el caracter de Luz se moldeó en base a las adversidades que va presentando la vida y aunque su condición física ya no era la misma, nunca pudo estar “sin hacer nada” y era así como a la par de asumir sus responsabilidades como cabeza de familia, se daba tiempo para que sus hermosas manos (que recuerdo eran muy grandes y de piel muy suave y blanca a pesar de los pliegues que representaban el implacable paso de los años) surgieran cuadros y platones con figuras minuciosamente formadas sólo a base de semillas, así como flores, racimos de uvas y manzanas que surgían como verdaderas obras de arte y de la extraña mezcla que daba al revolver pegamento blanco con migajón de pan.

Su capacidad visual también se había ido mermando como consecuencia de la diabetes y aunque ya no podía identificar del todo bien la denominación de las monedas y billetes, su voluntad era tan fuerte que todavía le dio tiempo para que de sus propias manos surgieran los ramos y los tocados que usaron la mayoría de sus hijas en sus bodas.

Para esta época, Martín perdió la cuenta de cuántos años llevaba ya colocado sobre el buró contiguo a la cama de Luz, y aunque era evidente que él había pasado mucho tiempo así, inmóvil y aferrado con firmeza a su escoba, nadie podía saber a ciencia cierta cuál era el diálogo que cada mañana o al finalizar el día surgía entre ellos, puesto que ese era un tema muy complejo de entender para los niños que en ese entonces estábamos creciendo en esa casa… Y que no sé si a los demás les habrá pasado, pero yo al menos desde que lo conocí imaginaba (y estaba casi segura) que por las noches o durante las horas del día –cuando nadie lo observaba- Martín se ponía a barrer el pequeño espacio rectangular donde llevaba mucho tiempo colocado.

Pero el plan divino muchas veces sobrepasa a la fe y las oraciones, Martín sólo era un siervo más de una deidad mucho más grande, así que ya no pudo hacer nada el día en que Dios decidió llamar a Luz para que acudiera ante su presencia.

Durante la última etapa que compartieron juntos, Martín no pudo ya interceder por ella, y no le quedo otra alternativa más que atestiguar en silencio como ella toleró el desgaste físico provocado por la enfermedad.

Luz nunca se quejó ni dio muestra alguna del dolor que padecía y no obstante que se aferró con todas sus fuerzas a la vida, nadie muere en la víspera y hasta los espíritus poco comúnes -como lo era ella-, llegado el tiempo tienen que partir.

Eso sucedió en una semana fría del mes de Noviembre... y al ya no estar Luz físicamente presente, la familia se disolvió y todo en general ya nunca volvió a ser igual...

Martín permaneció ahí, sobre el buró todavía durante algún tiempo, hasta que alguien decidió que él debía seguir acompañando a Luz, aunque en el lugar en el que fue requerida su presencia, no necesitara de su intervención ya.

Desde entonces, San Martín resguarda desde el interior de un pequeño nicho la tumba donde descansa Luz, y no obstante que tanto él como nosotros sabemos que ella ya no se encuentra ahí ni física ni espiritualmente, San Martín permanece ahí para recordarnos que la devoción transgrede las leyes de la vida y de la muerte, convirtiendo así el testimonio de vida de una mujer tan extraordinaria como lo fue Luz, en el ejemplo más grande de amor y de fe.

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La imagen de San Martín de Porres que me dio la idea para este post la encontré hace un tiempo en un libro sobre La Misión de Guadalupe. Luego, un par de meses atrás mientras esperaba la llegada de un cortejo fúnebre, adentro de una iglesia me encontré con un San Martín de poco más de 1 metro que fue quien me hizo recordar que desde hace tiempo le debía a mi abuelita este post.

Comentarios

Victoria dijo…
Que hermoso post
Anónimo dijo…
Hola prima soy Carlos. Espero que me recuerdes aun que no haigamos visto en muchos años. Te quería comentar de tu comentario sentimental sobre nuestra abuelita. Me dio mucho gusto leer memorias tan especiales de nuestra familia. Nunca supe de los esfuerzos de mi abuelita hasta recientemente que me conto mi mamá. Espero que tu y tu familia se encuentran bien. Mucho amor y suerte prima.
Carlos Delgado
Anónimo dijo…
Sɑludos,
Debo reconocer que hasta ahora nno mme molaba mucho eѕtesitio,
sin embargo coon los ultimos posts estoy sіguiendolo mas vces
y esta mejorando.
A seguir asi!

Para leer mas ; Juanes
Anónimo dijo…
Buenas!
Aɗmito que hasta ahora no me motivaba demasiado esteblog, per ϲon los ultimos posts estoy visitandolo frecuentemente y
esta mejoraոdօ.
Bien ɦecho!

Para sеguir leyеndo ... Consuelo