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Reencuentro Con El Ojo de Dios.


Hacia muchos meses que no lo veía. Si no mal recuerdo, la última vez que nos vimos fue en uno de los tantos atardeceres que ya pasaron del verano... Y curiosamente fue también durante el verano del 2002 cuando lo conocí.

Podría decirse que fue "amor a primera vista" y lo recuerdo todo como si hubiese sido ayer...

Yo iba a bordo de un camión de transporte colectivo, y en el camino a casa nos encontramos. Él iluminó por completo todo cuanto había a mi alrededor y llenó con la calidez de sus rayos no sólo a mi, sino a todas las demás personas que en ese momento viajaban junto conmigo.

A partir de ese día, todas las tardes me acompañaba. Me lo encontraba siempre a la salida del trabajo y todos los días me regalaba un cielo teñido de matices diferentes, de tonalidades intensas que iban desde el color azul claro, el rosa difuminado como un lienzo desgastado, sin olvidar el tono naranja que llegó a convertirse en mi favorito; puesto que descubrió era el mejor regalo que podía obsequiarme antes de marcharse para cruzar el océano y estar a tiempo para llenar con su luz la vida de muchas otras personas en un continente lejano.


Así como me acostumbré a su presencia que me acompañaba todos los días en el regreso a casa, durante los meses de invierno, las actividades cotidianas y mis propios demonios internos propiciaron que me olvidara por completo de Él; perdí la cuenta de la cantidad de días que pasaron desde la última vez que nos vimos, y no me percaté de ello hasta que en una mitad de semana lo encontré afuera de mi casa esperando por mi.

La verdad no me quiero imaginar cuanto tiempo permaneció ahí esperando a que yo saliera. Si fue mucho o fue poco, lo que si sé es que su esfuerzo valió la pena, puesto que recibir un amanecer como ese, en el que con toda claridad se percibe que se tomó todo el amor, la paciencia y el tiempo del mundo para elaborar cada cosa a detalle, hizo que la mañana se convirtiera en el mejor regalo "intangible" que yo hubiese podido recibir en mucho tiempo.

Cuando lo puso ante mi, no supe que decirle. Me hubiera gustado decirle tantas cosas, pero no encontré ninguna palabra que pudiese describir con exactitud la emoción que experimenté al recibir un regalo como ese. Lo tuve frente a mi, pero no podía tocarlo, me olvidé de todo cuanto existía y yo misma me sentí a su lado tan pequeña, al tomar conciencia de que Él no sólo había permanecido cada día ahí afuera de mi casa, asomándose a través de las nubes, a veces observando desde atrás de la montaña, algunas otras contemplando en forma directa por encima de un cielo abierto y limpio, coloreando con sus mejores pinceles un espacio sólo para mi.

La fuerza de su luz es tan intensa, que pocas veces puedes mirarle directamente sin deslumbrarte y sin agachar la cabeza ante su infinita fortaleza.

Sin embargo, en medio de tal majestuosidad Él es al mismo tiempo tan sencillo, que no necesita hacer alarde de su poder y a través de su mirada te demuestra que por más grandes que sean tus problemas, por más intensas que sean tus cargas emocionales, por más débil que hayas sido o las cosas negativas que hayas hecho en el pasado, en un instante como ese, cuando el día aún no comienza, te regala a ti también la posibilidad para volver a comenzar de cero, para intentar ser algo diferente a lo que ya has sido hasta hoy.

Estoy consciente de que el lente de mi cámara jamás podría tener la capacidad para captar toda su grandeza, y sé también que yo no soy nadie para poder verlo frente a frente, y ni siquiera me atrevería a intentarlo, pero en el reencuentro con El Ojo de Dios, lo primero que se me ocurrió hacer fue tratar de "atrapar" un trocito de esa magia; y aunque fui y regresé rapidísimo por mi cámara, al momento de buscarlo a través del cristal de enfoque, descubrí que ya se había ido, pues ya no estaba más ahí.

¿Será que Dios es un poco tímido y como a mi tampoco le gusta salir en fotos?, ¿o será simplemente que no necesita hacer "alarde" de una imagen para que la gente se de cuenta de que es Él quien se encuentra detrás de las cosas más hermosas y sencillas?

Sea como sea, me encantó su regalo y no sólo me gustaría que me siguiera acompañando en las tardes que están por llegar junto al verano, sino que deseo con todo mi corazón que otra vez no tengan que pasar muchos meses sin que pueda volverlo a ver.

Comentarios

alejandra dijo…
Desafortunadamente no todos tenemos la sensibilidad para apreciar esos regalos que nos dá la vida, al igual que los rayos del sol tambien me gusta sentir el viento soplando en mi cara, que a veces es tan fuerte que me estremece al sentir un escalofrío, me recuerda que estoy viva y me hace mirar al cielo y sentir sus caricias, ahhhh que cosas!!!

Yo lo siento todo el tiempo, su presencia y sé que esa es la forma en que Dios nos acompaña en este mundo, en cada flor, en cada árbol, en cada lago y en tantas cosas hermosas que existen y no hemos sabido apreciar.

Saluditos!!!
Hola Martha, tanto tiempo sin leerte. Pues que te puedo decir, lo mejor de la vida es gratis, lo malo es que no nos damos cuenta de ello. Deseamos cosas superfluas y en eso se nos va la vida. Que bueno que todavia haya gente que busque lo verdaderamente bueno de la vida. Como ya sabes, a mi tambien me encantan los amaneceres (y las estrellas, lastima que en esta ciudad haya tanto $%&%$ smog y en las noches no se vean, pero bueno)

Saludos! :)