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Remembranzas Fantasmagóricas (Capítulo XIX).


Parecía que aquella sería la última noche en el mundo, y por lo mismo, el cielo quería partirse en mil pedazos. Afuera del museo, los ladrillos de la construcción, como resultado de tantas horas expuestos al golpeteo de la tormenta, transformaron su tono naranja, a uno rojo mucho más oscuro e intenso; mientras los pequeños canales de agua que se formaron  bajo el borde de la acera, se convirtieron en la señal que puso en evidencia que aquella lluvia no era algo simple, y pintaba para eternizarse en esa madrugada, y con su fuerza, arrasar con todo lo que encontrara a su paso.

Así fue exactamente la noche de tormenta, cuando Fernando se presentó poco después de la 1 de la madrugada en casa de Verónica, Viuda de Altamirano. No podía haber sido de otra forma, pues dados los convencionalismos sociales de la época, nunca sería bien visto que aún en su condición de respetable médico (y además comprometido en matrimonio), Fernando visitara en casa a una mujer sola con su hija.

En cuanto volvió de Puebla, y supo que Fernando había pisado ya también tierras fronterizas, Verónica le hizo saber que era su deseo que ambos se reunieran, pero supo ser lo suficientemente discreta para hacerle llegar el mensaje hasta su consultorio sin llamar la atención de la moralista sociedad en la que ambos se desenvolvían.

Desde su regreso, Verónica estaba decidida a todo, pero la verdad nunca imaginó que él respondería con tanta inmediatez a su petición. Por eso, en aquella madrugada, en el instante mismo en que, con las ropas humedecidas y el cabello revuelto tras haber caminado bajo la tormenta; el corazón le dio un vuelco. A pesar de que creía haber superado el pasado; al verlo de pie y frente a ella, sobre ese piso labrado de su cocina, todos los sentimientos y emociones que creyó haber enterrado, volvieron a resurgir en ella a flor de piel.

No podía creerlo, y la tenue luz del quinqué que definía muy bien los rasgos masculinos de aquel rostro que conocía a la perfección, mezclados con las sombras de la madrugada, por un instante le hicieron dudar también de que todo aquello era real; y sólo se trataba de una de las tantas alucinaciones que tuvo desde que comenzó a imaginar cómo sería todo al llegar ese momento.

Fernando por su parte se veía nervioso, incómodo... Aquella no había sido la mejor manera; pero una vez que recibió el mensaje por parte de Verónica, no le quedó otra opción más que acceder...
Estaban en riesgo demasiadas cosas importantes para él, entre ellas su futuro y su relación con Margarita, la mujer que en realidad amaba.

Verónica se dio cuenta de su grado de incomodidad con tan sólo mirarlo a los ojos, y disfrutó con gran placer de aquel instante, en el que el inmenso cariño que en otro tiempo sintió por él, luego se transformó en un profundo odio que en ese momento volvía a experimentar casi hasta por encima de la piel.

Para ella era muy contradictorio, pues volver a verlo después de tantos años le provocaba al mismo tiempo un montón de sentimientos encontrados. En ese momento, quería darle un abrazo, pero también sentía unas inmensas ganas de abalanzarse sobre él y desquitar el coraje que durante tantos años llevó acumulado...

No era cierto que la venganza fuera dulce, pues para ella, en esa madrugada se había tornado de un sabor desagradable y amargo... Para nada le gustó esa sensación, ni tampoco toda la serie de pensamientos dañinos que estaban pasando por su mente, y antes de que el impulso la llevara a hacer algo que era muy probable terminaría por arrepentirse, dejó a un lado de la mesa el revolver Colbert; para luego enfocarse en hurgar con torpeza y nerviosismo en el interior de los cajones de la cocina, en busca de una caja nueva de fósforos, para prender por lo menos otra de las lámparas que permitiera hablar frente a frente con una mayor visibilidad.

Fernando por su parte, quería acabar lo más pronto posible con todo aquello. Apenas unos minutos ahí y la actitud de la Viuda del Sr. Altamirano le hicieron saber que haber aceptado ir hasta ese lugar, podía convertirse en una decisión por la que el precio a pagar, podía ser demasiado caro.

-Síentate Fernando, estás en tu casa...-
- Prefiero quedarme así, no pienso permanecer mucho tiempo bajo el mismo techo que tú...-
-Y pensar que en "otro tiempo" pasabas la noche entera en mi casa y sin que nadie se diera cuenta...-
-Tú lo has dicho, era otros tiempos y también otras circunstancias... Ahora te agradecería que dejes la ironía a un lado y me digas: ¿Por qué razón has vuelto a buscarme?, habla claro y dime de una vez por todas ¿qué quieres de mi?-

Verónica esbozó una leve sonrisa que fue perfectamente perceptible para el joven médico a través de la luminosidad de la segunda lámpara de petróleo que ella vino a colocar sobre la mesa central de la cocina, antes de tomar asiento. 

Fernando se llenó de rabia, cuando se percató de que ella disfrutaba con todo eso, y no le quedó más remedio que someterse a las reglas de su juego.

-Como verás no estoy de humor para tus juegos Verónica, así que ¿dime para qué me has hecho venir hasta aquí?-
-¿Y todavía lo preguntas? ¡Eres un hipócrita Fernando!... Me pregunto: ¿Si Margarita sabrá la clase de hombre con la que se ha comprometido?... O déjame adivinar... Peor aún, está al tanto de todo y es tan cínica como para fingir y seguirte el juego en esa absurda farsa de que eres un hombre "bueno y respetable"...-
-¡Con Margarita no te metas!...
-Entonces es cierto que la amas... ¿No es así?...

En el extremo opuesto de la ciudad, para Margarita, aquella tampoco era una buena noche. Llevaba más de dos horas sin poder conciliar el sueño, dando vueltas en la cama, con mil dudas y preguntas rondándole también el corazón.

Aquella noche más que nunca, no podía dejar de pensar en todo lo que Anselmo le había contado la noche de aquel incidente tan desagradable en Chihuahua. Luego venía a su memoria el recuerdo de la noche en aquella cabaña de la sierra tarahumara en la que Fernando estuvo a punto de decirle algo, y ella se lo había impedido; y al recordar en detalle la expresión de seriedad que en aquella ocasión tenía su prometido, una serie de sentimientos adversos se apoderaban por completo de ella, al intuir que esa especie de desesperación y premura con la que él intentaba revelarle algo importante, provocó que una especie de miedo angustiante se albergara de pronto en ella, apoderándose por completo de su alma y corazón.


Por si todo eso fuera poco, las condiciones climatológicas que prevalecían afuera tampoco ayudaban en nada, todo lo contrario... La lluvia torrencial y los constantes sonidos y destellos de las descargas eléctricas, ponían en evidencia que aquella, además de no ser una buena noche, sería demasiado larga.

En un intento por despejar su mente, Margarita se incorporó de la cama, y buscó distraerse observando la lluvia a través del vidrio del enorme ventanal que desde su cuarto asomaba hasta la calle; pero supo que había sido un error, porque entonces recordó que de niña, y a pesar de la oscuridad, ella era capaz de percibir en la penumbra (y peor aún, en las noches de tormenta), siluetas espectrales y nada agradables que muchas veces llegó a dudar fueran producto de su imaginación.

El destello fulgurante, seguido en un microsegundo por el estruendoso sonido de un rayo que cayó en algún sitio muy cercano a su casa; hizo que a Margarita casi se le subiera el corazón a la garganta por el susto. Ahora era una mujer, y los miedos que la dominaban eran ya de otra naturaleza; y como no estaba dispuesta a permitir que todas esas sensaciones y dudas tan adversas continuaran con su dominio sobre ella; decidió que sin importar la hora y que afuera el mundo se cayera a pedazos, iría a buscar a Fernando para hablar con él de una vez por todas.

Se vistió rápidamente y además de unos pantalones y la ropa de abrigo que ella creyó era lo más adecuado para pasar desapercibida a esa hora de la madrugada; se echó también encima y a la par, toda la determinación y la valentía de la que una mujer puede ser capaz, cuando quiere por respuesta sólo la verdad.

Cuando logró salir de casa sin que nadie se diera cuenta; el frío de la madrugada no fue nada indulgente con ella; y apenas unas cuantas cuadras adelante a bordo del caballo y en dirección hacia la casa de Fernando, hicieron que la fría humedad de la noche traspasara las telas que le cubrían las manos y gran parte del cabello y el rostro.

Llegó a casa de Fernando, pero la oscuridad que se percibía desde el exterior de su habitación le hizo darse cuenta de que ahí no estaba, por lo que se dirigió a toda prisa hacia la zona de la ciudad donde se ubicaba el dispensario médico. El sentido común le indicaba que si no era en casa, sin importar la hora que fuera, lo encontraría ahí.

Las manecillas del reloj siguieron avanzando; pero la tormenta no cedió, mientras Margarita recorría las calles a toda prisa, bajo esa cortina de gotas persistentes y heladas, entre los diversos callejones y avenidas por las que atravesó, además del movimiento inusual de gente, se percibía una atmósfera rara y sombría... Algo extraño se respiraba en la humedad del aire, y aunque trató de concentrarse en el camino que tenía por delante; a esa sensación de dudas y de miedo que tenía con respecto a Fernando, se sumó el raro presentimiento de que dentro de todo ese silencio intimidante que imperaba sobre una ciudad en apariencia "dormida", algo pasaba en realidad...
********
Ya era muy tarde; un poco después de las dos de la madrugada y parecía que aquella noche en Cd. Juárez, todos estaban destinados a no dormir. Al poniente de la ciudad, lejos de todo ese progreso e infraestructura de modernidad de la que El General Porfirio Díaz tanto alarde había hecho durante su encuentro con su homólogo de Estados Unidos, entre colinas altas y bajas, que con su aridez, hacían inaccesibles los caminos, se encontraba casi perdida y olvidada una humilde vivienda, que poca protección del frío y la lluvia ofrecía en esa noche a una familia.

El frío y el agua que se colaban por todos lados, eran lo menos importante para ellos desde hacía más de 4 noches. Misma cantidad de tiempo en la que la humilde pareja que con mucho esfuerzo construyó esa pequeña casa, había pasado muy cerca de las mantas y el petate que utilizaban por cama; y sobre el que ahora Cipriano, su pequeño hijo de 5 años, ardía en fiebre, como consecuencia de una gripe mal cuidada, y que sumada a la mala alimentación, se había convertido en cuestión de días en una neumonía.

Tienda de Raya - 1910.

Artemio, el padre de aquel niño que vendía por las tardes periódicos en la ciudad, al verlo respirar con tanta dificultad perdió la esperanza que todavía un par de días antes tenía, de que su hijo se recuperara sin necesidad de ningún medicamento. Como la mayoría de los peones que se ganaban la vida trabajando en las haciendas, Artemio vivía eternamente endeudado con su patrón y el salario de hambre que le pagaban en *Tlacos o vales intercambiables en la tienda de raya, apenas si le alcanzaba para que su familia pudiera mal comer.

Su esposa, desesperada por el estado de salud de su único hijo, desde poco antes de la medianoche, le había sugerido que bajara a la ciudad para ir en busca del doctor que atendía en el dispensario y muchas personas decían tenía especial consideración con la gente de escasos recursos y accedía a no cobrar sus honorarios y eso propiciaba que por esa razón no sólo fuera muy solicitado, sino que además, en agradecimiento, muchas de esas personas luego de un tiempo volvieran para recompensarlo con algo en especie.


Los Tlacos (del nahuatl, mitad, también por ser la octava parte del real columnario).  eran monedas acuñadas  por los hacendados para pagar a sus trabajadores y fueron conocidas también como “pilón” o ficha de hacienda.

Aquella noche, cuando Artemio salió de casa en busca del doctor, sabía que aunque no tenía nada que ofrecerle a cambio de que sanara a su hijo, estaba dispuesto a comprometerse a regalarle la mitad de los vales o monedas que recibía en compensación por esas extenuantes jornadas de más de 12 horas de trabajo, o quizá ofrecerle el tiempo que fuera necesario en mano de obra, para compensar por sus servicios.

Por desgracia, no le fue nada bien y al no encontrar al médico en el dispensario, volvió a su casa más triste que cuando se fue y sin nada más en los bolsillos que no fuera pobreza e impotencia.
Cuando entró de nuevo a su casa, la expresión de angustia de su esposa lo desarmaron por completo; y aunque si bien era cierto el pequeño Cipriano no estaba peor; tampoco mejoró ni mucho ni poco y había que tomar una decisión lo antes posible.

Ni siquiera hubo necesidad de que entre marido y mujer expresaran palabra alguna. Ya habían ido a buscar al doctor sin obtener ningún resultado bueno. Artemio no podía arriesgarse a que su hijo pasara otra noche sin ninguna clase de atención o medicamento y buscó con la mirada a los alrededores de aquella humilde casita, algún objeto que pudiera tener algún valor monetario para intercambiar en cualquier lugar donde alguien pudiera prestarle ayuda en esa noche.

A su mujer casi se le fue la sangre a los pies cuando lo vio descolgar de la pared uno de los machetes que utilizaba como herramienta de trabajo y fajárselo por la cintura sobre el pantalón de manta. Luego tomó una cobija con la que envolvió muy bien a Cipriano, se lo cargó por encima del hombro, y cuando iba a darle un beso a su mujer en señal de despedida para salir a buscar ayuda; de la mano del niño se cayó un objeto que resplandecía por su brillantez, en contraste con la oscuridad.

La esposa de Artemio lo levantó y ambos se miraron. Aquel objeto era el prendedor en forma de mariposa con el que el niño regresó la tarde del encuentro de los dos presidentes y que por lo que les contó, había sido un regalo de una señorita "muy elegante" que se encontró con él en La Calle del Comercio.

Los padres de Cipriano sabían que ese objeto era muy importante para su hijo; él lo veía como un juguete y ellos como algo que nunca hubiera estado en sus manos poderle regalar. En medio de ese silencio, ambos cayeron en la cuenta de que en ese instante era el objeto más valioso que tenían y por el que a diferencia de las herramientas de trabajo de Artemio, alguien podría dar un poco más de dinero en efectivo.

Con todo el dolor de su corazón, pero sabiendo que hacía lo correcto, Artemio lo tomó de las manos de su esposa -que fue quien lo levantó del suelo- y tras echárselo al morral, salió de la vivienda con el niño al hombro, para perderse entre esa cortina de agua y niebla.
***********
Margarita por su parte, llegó empapada de pies a cabeza hasta el dispensario, donde a pesar de que había algunas personas que prestaban sus servicios voluntarios a esa hora, Fernando no se encontraba ahí.

Como ya la conocían en ese lugar, para no causar molestias, decidió meterse y esperar en el consultorio privado de su prometido. Una vez estando ahí se despojó de algunas de las prendas que la abrigaban y eran las que estaban más empapadas; y se llevó el susto de su vida cuando un sorpresivo destello fulgurante, le reveló que tras la ventana abierta del consultorio que asomaba hacia la calle, una mujer anciana la observaba, mientras entre las comisuras de sus labios era bastante evidente una risa desdentada y burlona.

A Margarita no le gustó para nada la forma como mantenía clavada en ella la mirada, ni tampoco el hecho de que a esa hora de la madrugada y con una tormenta como esa, una mujer de esa edad pudiera estar a deshoras parada como si nada sucediera a las afueras de un dispensario médico.

Cuando pasó el estruendo de la descarga eléctrica que un instante atrás lo iluminó todo; se dirigió hacia la ventana con toda la intención de cerrarla, y la anciana que seguía inmóvil desde afuera, al verla acercarse le dijo algo que a pesar de que Margarita pudo escuchar muy bien, no logró ni siquiera entender porque parecía haberlo pronunciado en un dialecto extraño o una lengua indígena.

Un escalofrío le recorrió toda la espina dorsal, pero más allá de eso, lo que la incomodó y la hizo estremecer fue una sensación repentina de miedo... Por suerte, antes de que cerrara la ventana, la anciana ya se había alejado, y aunque trató de no sugestionarse y pensar en que todo tenía alguna explicación lógica y quizá aquella era una mujer perturbada de sus facultades mentales, no pudo evitar tampoco, recordar todas las leyendas que de niña escuchó contar a sus abuelos sobre las brujas que durante el día se resguardaban entre las ramas más altas y frondosas de los árboles en forma de lechuza, para transformarse al llegar la medianoche en seres espectrales.


Se reprendió a si misma, porque aquello era ya demasiado. Las dudas y la incertidumbre que sólo podría aclarar al hablar con Fernando, le afectaban ya lo suficiente, como para permitir que el miedo propiciado por creencias y supersticiones de la gente de antes (y que ni siquiera eran reales), le arruinaran todavía más la noche.

Estaba muerta de frío (como consecuencia de haberse empapado cabalgando bajo el agua); afuera la tormenta seguía tan fuete y sin intenciones de ceder, además de que era muy tarde y aunque suponía que Fernando tal vez salió de emergencia a visitar algún paciente, ya se estaba tardando demasiado.

No podía permitirse que la desesperación se apoderara tampoco de su razón y entendimiento. Así que como el consultorio estaba prácticamente a oscuras porque el viento que se coló por la ventana antes de cerrarla apagó por completo la lámpara que encendió a su llegada; Margarita optó por ponerse a buscar en algún lugar del consultorio algún cerillo que pudiera usar para poder volver a encenderla.

A tientas buscó primero sobre el escritorio; pero no encontró más que legajos de recetas médicas y un pedazo de papel que al observar aún bajo esas condiciones de escasa visibilidad de luz, le pareció llevaba plasmada una letra que a ella le resultaba familiar....


Cuando terminó de leer, pensó que la oscuridad le jugaba una broma muy pesada a sus ojos... ¿Era cierto lo que Anselmo le había dicho? ¿había leído bien?... Aquella hoja no podía tener al pie del recado la firma de Verónica Vda. de Altamirano, su mejor amiga...

Si unos minutos antes intentó evitar a toda costa que la desesperación se apoderara de su alma y de su mente por completo, ahora ya nada importaba y lo primero que se le ocurrió hacer fue comenzar a buscar desesperadamente en uno de los cajones del escritorio unos malditos cerillos para prender de una vez por todas la lámpara y averiguar que había detrás de todo eso.

Sacó en forma atropellada la mayor parte de las cosas que estaban ahí contenidas, y efectivamente, encontró una caja con los fósforos, para luego de encender la lámpara, por la premura de guardar todo, algunas cosas cayeron al suelo, y al levantarlas para devolverlas lo más rápido posible al cajón, encontró un sobre bastante maltrecho y lleno de lodo, en el que aún era visible su propio nombre y que reconoció de nuevo como la letra de Verónica.

La verdad era que ya no entendía nada y se sentía además bastante aturdida... ¿Qué había detrás de todo eso?, ¿Por qué razón Fernando y Verónica tenían que verse a deshoras de la noche sin que ella lo supiera?, y peor aún: ¿Por qué razón Fernando tenía en su poder una carta que por la apariencia del sobre desde hacía mucho tiempo estaba dirigida hacia ella?

Sin dudarlo ni un segundo más, rompió el sobre, desplegó la hoja y comenzó a leer... Pero a la par de que esas líneas escritas por quien era su mejor amiga, fue como si la despojaran de una venda que durante mucho tiempo permaneció sobre sus ojos; el sentimiento la traicionó, y las lágrimas le nublaron por completo la vista, pues todo aquello que leía era demasiado y aunque la verdad era más que evidente, aún así le resultaba difícil de creer.

Cada vez entendía menos y su corazón dolía y se llenaba con el peso de tantas dudas. No tenía ni la menor idea de cómo ni dónde, pero tenía que encontrar a Fernando. Tomó de nuevo el abrigo y las ropas húmedas de las que se había despojado al llegar, para volver a abrigarse para salir a la calle, lo hizo a toda prisa y al final salió de una forma tan atropellada, que justo en la entrada se tropezó con Fernando, que igual de empapado que ella, se desconcertó al verla en ese lugar, pero sobre todo fuera de su casa a esa hora.

-Margarita... ¿Qué haces aquí?
-Vine porque necesito hablar contigo y porque necesito que me expliques ¡esto!...

Por el tono en que se lo dijo, la forma como le lanzó la hoja con el recado encima y las lágrimas que eran demasiado visibles en sus ojos, Fernando se dio cuenta que Margarita se había enterado de todo y no supo ni como darle una respuesta.

-¿Qué pasa Fernando? ¡estoy esperando una respuesta!... ¿Por qué no me dijiste que conocías a Verónica? ¿Qué tienes que ver con ella?-

Luego de semejantes cuestionamientos, no fue capaz siquiera de sostenerle la mirada, mucho menos de darle una respuesta. Más que enojada, sabía que su prometida estaba decepcionada, herida; y ante eso, no existía ninguna respuesta coherente y creíble que pudiera ofrecer....

-¿Me quieres explicar porque demonios tenías una carta que Verónica escribió para mi?, ¿tanto miedo tenías de que supiera toda la verdad?
-Margarita... Todo tiene una explicación... Te aseguro que no es lo que estás pensando...

Fernando dio un paso e intentó tomarla por el brazo, pero ella se resistió, y justo cuando estaba a punto de comenzar a explicarle, la puerta se abrió de golpe y unos hombres de aspecto humilde, acompañados de un par de enfermeros que colaboraban en el dispensario, irrumpieron en el consultorio para buscar al joven doctor.

-Doctor, estos hombres lo buscan, parece que necesitan de su ayuda.
-¿Qué pasa en que les puedo ayudar?
-Necesitamos que venga con nosotros Doctor, apresaron a un amigo de nosotros, que venía camino a buscarlo porque su hijo está muy enfermo... Pero como están las cosas con los rumores de un levantamiento armado, la policía lo acaba de detener a unas cuadras de aquí y lo tenían detenido... Hemos venido a buscarlo por eso...-
-¿Y el niño donde está?
-Ese es el problema, los gendarmes no lo dejan ir y el niño está muy grave, eso pasó hace apenas un minuto... Un compañero de nosotros se quedó tratando de ayudarlo, mientras nosotros nos arrancáramos hasta acá por usted.... ¡Por el amor de Dios doctor!, ¡haga algo!, a usted los gendarmes si le van a creer.-

Por un instante Fernando y Margarita se miraron a los ojos, y sin necesidad de palabra alguna, se olvidaron de la discusión y ambos salieron en dirección hacia donde aquellos hombres les indicaron, pues en muchas ocasiones; y sobre todo cuando la capacidad de atención a los pacientes del dispensario, sobrepasaba al número de personal de planta y voluntarios; Margarita en más de una ocasión había acompañado a su prometido para asistirlo en lo que necesitara.

Una vez que llegaron hasta el callejón donde aquellos hombres que también eran campesinos; les reportaron estaba sucediendo aquel incidente; lo primero que encontraron fue un pequeño bulto tirado en el suelo y a un grupo de gendarmes observando un objeto dorado bajo la lluvia.

Así, mientras Fernando se enfocó de inmediato para asistir al niño, que no era otro más que Cirpiano y se encontraba envuelto bajo la manta empapada que reposaba sobre el suelo; Margarita al reconocer el objeto brillante que el oficial de mayor rango tenía entre sus manos, se fue directo hacia él con la intención de averiguar.

-Buenas noches oficial... ¿nos podría decir qué está pasando?-  
-Buenas noches señorita... Al parecer un peón de la hacienda robó este objeto y lo intentó vender para comprar medicinas para su hijo que venía muy enfermo-.
-Debe ser un error oficial, ese peón no pudo haberlo robado...
-¿Y entonces como es que un revoltoso de esos lo tiene en su poder?-

Fernando, al escuchar esto, con el maletín abierto y el estetoscopio todavía colocado sobre sus oídos, se volvió hacia ellos invadido por el desconcierto.

-¿Qué pasa Margarita? ¿Conoces al papá de este niño?
-A su papá no, pero al niño sí.... Se llama Cipriano,y sé que su padre no pudo haber robado ese prendedor , porque fui yo quien se lo regaló a su hijo... 

El grupo de policías, al igual que Fernando, quedaron perplejos con la afirmación que hizo Margarita, y ella en su desesperación, sólo intentaba evitar a toda costa que se cometiera una injusticia...

-¡Tienen que dejarlo ir!, ese pobre hombre es inocente y necesita estar al lado de su hijo para que le den atención médica.
-... Ya es demasiado tarde Margarita....-

Ella volteó en dirección hacia donde Fernando, todavía con sus dedos apoyados en el área del cuello de aquel niño, en el intento por  palpar si todavía respondían sus signos vitales, corroboró que acababa de fallecer.

Los ojos de Margarita se llenaron de lágrimas nuevamente, y en ese instante su cabeza se cerró a todo entendimiento y reaccionó dejándose llevar por un impulso. Sin dudarlo dos veces, montó uno de los caballos que tenían ahí mismo y se detuvo sólo un instante para responderle a Fernando.

-¿Qué pasa Margarita? ¿Qué vas a hacer?-

-¡Ese hombre es inocente y yo Puedo testificar en la comisaría y aclararlo todo!-

Ni siquiera dio oportunidad a que alguien la detuviera... Tomó las riendas con determinación y tras darle una palmada al caballo en la parte trasera para que este reaccionara galopando a gran velocidad, Fernando reaccionó y tras dar algunas indicaciones a los peones para que se llevaran el cuerpo del niño; tomó otro caballo y lo montó para ir en busca de Margarita y así, al ir uno, tras de el otro, ambos se perdieron entre la lluvia y lo espeso de la madrugada...

Continuará...

Comentarios

Vane dijo…
Cuanta cosa mi chava!!!, chale!!!, me dejaste tooooooda intrigada. Primero quedó en suspenso la charla de Fernando con Verónica, segundo lo mismo pasó con Fernando y Margarita, uy que gacho este Fernando!!!!!!!, (casi digo mugre yu—jajajajajaja) es que todo esto me trae recuerdos y casi se me escapa, ooooooooohhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh estas locas relaciones descocadas van a acabar con mi sistema nervioso!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Por qué mataste a Cipriano??? Se me apachurró el corazón, pero en fin la historia es tuya y yo nada más soy una lectora a la que le hacía falta ya un capítulo más de estas remembranzas, y también te quiero pedir que no te tardes tanto mi chava!!! Pos me dejas con las espinita, después de todo lo que pasó terminamos con Margarita corriendo a caballo y Fernando detrás, esto es una carrera??? Hay que apostar por algún caballo??? Pero si mi chava así me quedé como diciendo y ahora???
Andale, andale apurele y ya ponga la siguiente parte así por lo menos nos sacamos unas dudas.

Leyendo mi comentario como que me salió un poco el acento juarisquillo no??? Ay esto de tener amigos mexicanos no deja nada bueno, a uno se le pega todo!!!!!!!!!!!! jajajajaja es chiste.

En serio no te tarde porque te voy a estar molestando por la siguiente parte.

Demás está decirte que tu trabajo es impecable como siempre, y digno de admiración.

Gracias por todo y te quiero mucho!
Martuchis dijo…
VANE:

¡Pos de eso se trata mi chava de hacerla de emoción!... Por cierto, yo no maté a Cipriano él se murió solito...

No te creas ya hablando en serio ese era un personaje que desde que empecé a escribir estaba en el esquema general de toda la historia, digamos que la situación de él era como una especie de "puente" para poder hilar una parte con otra y me sirvió para ilustrar (aunque con muchas imprecisiones y de una manera muy breve, las situación que en esa época vivían muchas familias mexicanas). Estuve investigando sobre las enfermedades y epidemias que hubo en México durante la revolución mexicana y la neumonía fue una de ellas, precisamente por las condiciones insalubres en que vivía mucha gente y porque después del levantamiento armado se suspendieron muchos servicios de salud y eso dio pie para que resurgieran brotes de epidemias como el paludismo, la viruela y enfermedades respiratorias (sin contar obviamente todas las personas que murieron bajo las armas).

Es muy interesante todo eso y sólo traté de reflejar un poco de todo eso en esta historia...
Eres de las pocas personas que ha leído completa esta historia y eso se agradece muchísimo...

Prometo no tardar tanto en publicar la siguiente parte, a mi me fascina escribir esto, pero tengo ya que terminarlo para poder dar pauta a otras historias que están en este momento nada más en mi cabeza y sobre las cuales quiero escribir también.

Por último creo que no necesito decir que tu vas a ser de las personas con quienes pienso compartir todo eso.

Yo también te quiero mucho a ti.