Ir al contenido principal

Bitácora de Viaje: Día 1 - Rumbo a la Cd. de México.


"Salí de la ciudad y mis sentidos se llenaron de imágenes, sonidos y aromas nuevos"... Esa fue la frase que escribí hace más de 10 años en un cuaderno de diario, cuando recién empecé a viajar.

Pasó mucho tiempo desde entonces, y aunque los primeros viajes que me tocó realizar fueron siempre para ir tras la búsqueda de un sueño, a pesar de que esta vez el propósito fue muy diferente; después de tantos años, resulta muy curioso descubrir que las mismas emociones, la misma sensación de nervios y hasta un poco de miedo; todavía prevalecen en ti.

La mañana del Viernes 9 de Septiembre, estando ya desde muy temprano en el aeropuerto descubrí que además de viajar ligera de equipaje, en los bolsillos no llevaba ya ningún prejuicio; tampoco ningún fantasma perteneciente a algún personaje del pasado me acompañaba ya, y descubrir eso (incluso desde varios días antes) me hizo sentir feliz.

Esa mañana, me di cuenta una vez más que yo era una mujer distinta a la de antes, pero en esencia tan igual a la que fui en el pasado, porque tenía miedo y al mismo tiempo estaba emocionada... Eso propició que en la madrugada previa, y a consecuencia de los nervios casi no pudiera conciliar el sueño.

Para mi, el día empezó cuando el cielo todavía estaba oscuro. Era la hora de la madrugada en que por la zona en la que vivo el sonido de motores de aviones que pasan con destino al aeropuerto, al otro lado de la línea divisoria, me despertó de repente, y me estremeció por dentro; porque justo en ese día, yo tenía marcado en el calendario un encuentro con mi propio destino y no podía darme el lujo de ser impuntual.

Antes de que el sol saliera por completo y el reloj marcara en punto la hora en que todo mundo entra a su trabajo, yo ya estaba en el aeropuerto sentada en una sala de espera, con el pase de abordar resguardado en el costado de una bolsita con zipper de color blanco.

La espera no fue tan prolongada, el vuelo estaba muy a tiempo, pero jamás imaginé que todavía sin salir del aeropuerto recibiría la primer lección de "desapego"... O al menos así lo vi yo; puesto que por las restricciones que aplicaban al tipo de boleto de avión que yo tenía, se suponía que yo no iba a documentar equipaje.

Hasta allí todo iba bien. Pasé la primera revisión de la aerolínea sin ningún problema; pero al llegar al segundo filtro de la aduana, los agentes me sacaron de la maleta que era mi equipaje de mano, una botellita con pintura para los zapatos, un gel para el cabello; además de una crema para peinar...  Ni peks... Así como salieron los envases de la tienda, se fueron directito y sin escalas hacia el bote de basura; y mientras yo veía como la agente a quien le tocó revisar mi equipaje los alejaba de mi en una charola casi como en una escena de película (en cámara lenta y con fondo musical de violines); yo seguí con mi camino, mientras pensaba: ¿cómo me iba a peinar en los siguientes días?... Me acordé tanto de alguien y me empezó a dar risa...


A las 8:00 de la mañana, yo ya estaba a bordo del avión y sentada como siempre junto a una de las ventanillas contiguas al ala izquierda del avión... Fue la primera vez que por mi cabeza no pasaba nada... El despegue estaba programado para las 8:15 am todo estaba en orden; empezando porque el horario del vuelo estaba muy a tiempo, así que no había nada de que preocuparse. Eso sí, tenía sueño, muchísimo... Pero me conozco y sabía que no iba a dormir; por el sólo hecho de no perderme de nada, así que los minutos que siguieron, mis sentidos los gastaron para concentrarse tan sólo en el presente.


En el lapso entre que esperamos a que saliera primero el avión de Interjet, hasta ese instante único en que de pronto la aeronave en la que tu viajas comienza a correr por la pista a toda velocidad y te resulta increíble que algo tan pesado se eleve por el aire, así sin más, transcurrieron si mucho 5 minutos; espacio de tiempo en el que desde el aire percibes de manera diferente al lugar donde toda tu vida has vivido... En mi caso, lo primero que siempre viene a mi mente son las imágenes y la textura de las hojas de papel duro, casi similar al cartoncillo, que resguardan las cartografías con las que aprendes que tu casa es un desierto...

No es lo mismo aprenderlo, porque alguien te lo explica; que mirarlo con tus propios ojos; tal y como si pudieras volverte pequeñito y sobrevolar por encima de cada una de las páginas del libro que en tu niñez llevabas a clases. Mientras al mismo tiempo piensas en que tu propia existencia, -al igual que la de muchas personas que viven en tu misma ciudad- sucede todos los días en ese lugar donde desde el cielo todo se percibe tan simple y tan pequeño... Creo que en el fondo, la esencia de la vida es así.


Al dar las 8:30 am y estando ya en el aire, como buena aprendiz de escritora; sobre la mesita de servicio desplegada frente a mi  asiento, de inmediato hicieron acto de presencia mi pequeña libreta de notas y una pluma. Ahí, empecé a plasmar en letras todas las impresiones y sentimientos durante esas primeras horas de vuelo, comenzando por una carta para alguien que aunque físicamente está muy lejos, por alguna razón y siempre que vivo algo importante, en mis pensamientos siempre tiene un espacio importante.

Antes de escribir la carta, lo primero que anoté fue la idea de si la vida es como un instante adentro de un avión en pleno vuelo... No piensas en nada mientras esperas, y aunque te llegas casi a convencer de que el tiempo no transcurre, en el fondo sabes que eso es tan sólo un espejismo, pues en realidad el tiempo no se detiene nunca, ni espera por nada ni por nadie.

Parafraseando un poco algún texto budista que había leído en días recientes, entendí a la perfección aquel ejemplo tan simple en el que se decía que la mente es a veces como un niño pequeño. Travieso e inquieto por naturaleza. Incapaz de permanecer quieto por un micro segundo; puesto que va y brinca de un extremo a otro; trayéndote recuerdos, imágenes del presente o recordándote cosas que quizá de otra manera ni siquiera pensarías; pero que al mismo tiempo, te puede llenar el corazón al saber que te espera una nueva aventura por vivir.

Eso era lo que me estaba pasando a mi en ese instante... Mi mente era como un niño travieso, corriendo de un lado a otro por los pasillos del avión y brincando de asiento en asiento y por encima del resto de los pasajeros... 

Creo que al imaginarme eso fue, cuando por primera vez todos los pensamientos llegaron ahora si, para atropellarme todos juntos de golpe... Por dentro me sentía nerviosa; emocionada; pero también con los ojos y el alma llenas de curiosidad y expectativa por descubrir ya que reacción tendría una vez que viera de cerca al Dalai Lama... 


¿Sentiría alguna energía especial?, ¿Sería una especie de encuentro místico?, ¿Tendría oportunidad de hacerle alguna de las preguntas que llevaba anotadas en las hojas ya gastadas de esa misma libreta?... Mis ojos echaron un vistazo a la hoja impresa con el itinerario de actividades ya establecido desde días antes por la oficina de prensa de Casa Tibet... Hasta ese momento todo estaba saliendo conforme a lo acordado y en un afán de escapar de tantas emociones y sentimientos en tropel, se me ocurrió como siempre, preguntar y pensar en voz alta: ¿Estás ahí?

Cada vez que he lanzado al aire esa interrogante, sé que siempre recibiré una respuesta. En esta ocasión no fue la excepción, y estando en un punto tan cercano al cielo, lo que yo esperaba recibir llegó. Pues en ese instante, y justo frente a mis ojos, un rayo de luz intenso se proyectó sobre el metal del ala del aeronave en que viajaba; y la luminosidad cálida que me llevó a cerrar los ojos, mientras el sol extendía sus brazos amarillos en dirección hacia mi cara, me hizo saber que la respuesta era: "Sí".



Luego de eso, ya no hay mucho por contar, porque mi alma se quedó tranquila...  No sé si a quien en un futuro lea esto, sabrá entender cuando le diga que es una sensación muy padre cuando sientes que respiras y es como si casi, casi pudieras ver con la imaginación como tu corazón se llena y se expande, porque el oxígeno, cuando te quedas tranquis o suspiras al soñar despierto, es como si fuera una mano cálida que lo acaricia y lo protege; y eso hace mucho bien.

Tal vez era ya la mitad del camino recorrido... No lo sé bien a ciencia cierta, pues tan sólo recuerdo que por la diferencia de horario perdí la noción del tiempo y al asomarme otra vez en dirección hacia la tierra, me encantó descubrir que la apariencia del suelo sobre el que en ese instante estábamos sobrevolando; era similar a la textura de esos edredones y tapetes que tejen las abuelas con muchos retazos de tela de distintos tamaños y colores...

    
No quise dejar escapar esa idea, y la escribí también en la carta que llevaba a medias; porque al ver esa imagen lo primero que vino a mi cabeza fue la estrofa de "París, Calí, Milán"; una canción de Soraya:

"Tengo una manta tejida, de momentos robados de la vida... Me envuelvo en ella y me echo a pensar, en lo que ya no tengo más"...

Me encantó tenerla tan presente en ese momento; y también caer en la cuenta que la vida de cada uno de nosotros es como uno de esos trozos de tela... Cada familia, cada persona; tú, yo, y también nuestros amigos -sin importar el lugar en donde estén- cada día y con cada decisión vamos hilvanando para unir esos pedazos que forman parte de ese manto... La pregunta es: ¿de que color será el que nos toca a ti y a mi?





Si por mi hubiera sido, habría pedido un poco más de tiempo; para seguir soñando despierta y escribiendo... Más sin embargo, el cambio de orografía al asomarme por la ventanilla; me hizo saber que el final del camino estaba ya muy cerca, y la intuición no me traicionó porque tras anunciar desde cabina que el avión comenzaba ya a prepararse para el descenso; las montañas llenas de ceniza, mostrando hasta donde se extienden los dominios del Popocatepetl e Iztaccihuatl en el lejano Valle de México; me hicieron saber que el aeropuerto ya no debía estar muy lejos.


A los pocos minutos, la majestuosa visión del Castillo de Chapultepec y los grandes edificios corporativos que se extienden en plena Av. Paseo de La Reforma; me dieron también la bienvenida a la capital del país, una vez más...

Eché otra vez un vistazo rápido a la hoja con el itinerario para intentar determinar si me alcanzaría el tiempo; pero fue pura "pantalla", porque ni siquiera pude concentrarme, a pesar de que la visión de la ciudad de México vista desde el aire es algo que no es la primera vez que contemplo; hasta el día de hoy me sigue produciendo la misma emoción...

En pocos minutos el avión tocó tierra... Mientras disminuía la velocidad y el resto de los pasajeros comenzaron a inquietarse mostrando prisa por tomar sus maletas y bolsos para bajar a toda prisa; yo ajusté las manecillas de mi propio reloj, tal como si con ello pudiera tener el poder de moldear también mi propio destino; encendí mi teléfono celular que me sorprendió, porque solito se adaptó a la nueva zona horaria; y entonces dije: Si un simple aparato electrónico se amolda al presente; ¿por qué yo no?...

Eran ya pasadas las 11:00 de la mañana, estaba ya en plena capital del país, todavía no iba ni la mitad del día y para mi la aventura apenas estaba por comenzar...

Continuará...

Comentarios

Vane dijo…
Las alas de los aviones son fotos que me encantan y siempre que viajas las tomas.
Los nervios, la falta se sueño y todas las emociones previas a ir detrás de algo que esperabas, querías y necesitabas son la mejor prueba de que todo ahí adentro está muy vivo, y abierto a recibir cuanto lo llene más aún.
Yo creo que eso que te quitaron no se compara con todo lo que trajiste.

Continuaremos leyendo lo que sigue...