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Capítulo XXIII - Las Últimas Horas en México.


A veces no es necesario que se haga de noche, para que el eco entre los rincones más altos, así como las ráfagas repentinas de viento helado, sean perceptibles, y pongan en evidencia la presencia de algún "ente" perdido, que sin tener una noción exacta de lo que hace, a plena luz del día recorre las instalaciones y atraviesa los muros de una edificación, (que a pesar de tener más de un siglo de haber sido construidos), en contraste, lucen como nuevos con la capa de pintura de color que todavía guarda el aroma a fresco.

Aquella, era una tarde ordinaria de actividades normales en el museo, un día normal de entre semana con poca afluencia de visitantes. Por la mañana, tan sólo un recorrido guiado para un grupo de estudiantes de educación básica; que así como llegaron también se fueron; llevándose con ellos el ruido y el bullicio que después dejó en total silencio los pasillos remodelados de ese recinto.


Para las 2:00 de la tarde, a pesar del movimiento en las calles aledañas y el tráfico pesado por la avenida que daba a la entrada principal; el museo volvió a quedar aislado y en silencio, pues hasta el personal que trabajaba ahí salió para aprovechar las dos horas designadas para la comida.

Mientras en las oficinas administrativas, el timbre de los teléfonos y el sonido de las impresoras y de manos atosigando con rapidez y eficiencia los teclados de las computadoras también se vio interrumpido; el silencio, cedió por fin toda su atención al crujir de la madera en los pasillos, que sin necesidad de que algo o alguien en especifico hiciera perceptible el sonido de sus pasos, trazó un recorrido invisible partiendo del vestíbulo, para luego, llegar y atravesar la pared contigua a la entrada de una de las tantas salas individuales.

Cuando la pesada puerta de madera se abrió lentamente sin que hubiera una corriente fuerte de aire que justificara tal acción, en el interior de ese salón sólo había un par de maletas que permanecían en una posición muy similar a la que tuvieron en otro lugar y en otro tiempo... Siendo más especificos un siglo antes, al otro lado del océano en un pequeño departamento ubicado en el Distrito 18 del barrio parisino de Montmartre.


Ahí era donde vivía Margarita, luego de un par de años en los que "La Ciudad de Las Luces" se convirtió en su nuevo hogar.

A pesar de las circunstancias tan trágicas que la llevaron a optar por esa especie de exilio voluntario, lo único positivo dentro de toda esa desgracia que la llevó a quedarse sin su familia y sin el único hombre que de verdad amó, fue que gracias a la pequeña fortuna que su padre amasó -y que por suerte se encontraba resguardada en distintos bancos en el extranjero- ella pudo empezar de nuevo y reconstruir su vida.

 Boulevard Monmartre. Camille Pisarro (1830-1903).

Para Margarita todo cambió de manera drástica. Al llegar a París la educación que como hija de buena familia tenía, fue lo que le permitió conseguir un empleo, dando en forma alternada clases de piano en un colegio y a particulares que la contrataban para que instruyera a sus hijos.

Fue así como el oficio que en un principio le pareció tan superficial, le permitió no sólo despojarse del petulante abolengo que desde siempre caracterizó a su familia; sino que además le brindó la posibilidad también de generar los recursos para dedicarse en su tiempo libre a la fotografía; actividad que se convirtió en su gran pasión; y descubrió también gracias a Fernando.

Hacía apenas unos cuantos días, había logrado rematar los últimos muebles que quedaban en su apartamento. Por esa razón, cuando entró en esa habitación carente ya de mobiliario y con las paredes desnudas; al abrir una de las maletas para extraer su diario; no puedo evitar pensar en que a dos años de distancia; la vida, irónicamente la volvía a colocar en una posición muy similar a cuando llegó ahí tan sólo con lo más esencial...

Margarita, a pesar de haber crecido dentro de una familia de buena posición, jamás se sintió superior a nadie y mucho menos especial... Su eterno espíritu libre y su personalidad tan genuina y sencilla, sumado a la cantidad de cosas que aprendió durante el tiempo que acompañó a Fernando durante su época como médico rural, la llevó no sólo a dimensionar el valor de las cosas que realmente eran importantes... Y justo ahora, que se sentó sobre el suelo y con el diario que extrajo del interior de una de esas maletas de material cuadrado y duro; se percató  de que su propia alma, era algo muy similar a eso; pues todas las emociones, pensamientos, experiencias y sentimientos que conformaron su vida por espacio de 2 años, se encontraban resguardadas en su propio interior.

Así fue como con esa libreta de pastas gruesas que reposaba sobre sus rodillas, comenzó a pasar páginas al azar y a rememorar en medio de una habitación vacía, como fue su vida, desde el instante mismo cuando llegó ahí.
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Las Últimas Horas en México
México, D.F.  26 de Mayo, 1911.

Fernando:

Salí de Cd. Juárez en el intento de escapar de tanto dolor y muerte; pero jamás imaginé que la situación en el país fuera ya tan grave. Al llegar a la ciudad de México; me encontré no sólo con un ambiente tenso y de incertidumbre que era perceptible no sólo en los ojos y en las expresiones de la gente.
El descontento del pueblo ya llegó a su límite y en los diarios no se habla de otra cosa que no sea Madero y los rumores cada vez más fuertes de que El General Díaz  tarde o temprano tendrá que dejar la presidencia.


Casa de El General Porfirio Díaz en la calle de Cadena, en la Cd. de México.


Eso finalmente sucedió, y el Jueves pasado (25 de Mayo); mientras viajaba en un coche de alquiler, me tocó presenciar algo que de no haberlo visto mis ojos, jamás lo hubiera creído.... Al dar la vuelta en la calle de Cadena, muy cerca del No. 8, lugar donde El General Díaz y su familia tienen su residencia; me encontré con que el acceso estaba obstruido por una multitud de gente que en actitud amenazante rodearon la casa de Díaz,  exigiendo su renuncia.


Los gritos eran de tal magnitud, que podían escucharse a varias cuadras de distancia. La calle parecía una olla express a punto de explotar.  Al parecer toda esa gente venía directamente desde la cámara de diputados, donde en plena sesión, la gente enardeció y en su afán de manifestar su deseo de que El General Díaz renunciara, terminaron causando varios destrozos en ese recinto. 


Fue un día extraño, en el que a nadie le importó que María Conesa fuera a presentarse en el Teatro Lírico; nadie miró los aparadores que anunciaban los fábulosos descuentos en Fábricas de Francia... Lo único que se escuchó en todos lados fue la frase:  ¡Renuncia, renuncia! y ¡Viva Madero!... Bajo ese ánimo la multitud se trasladó hasta el área de Plateros y San Francisco, lugar en el que los dueños de los comercios que se ubican por toda esa zona, presas del pánico y el miedo cerraron de inmediato sus puertas.


La ciudad parecía un hormiguero, alterada por los gritos y la tensión de saber que de un momento a otro los elementos de la guardia federal podían llegar a hacer uso de las armas en contra de los manifestantes.


No cabe duda, la revolución maderista se ha extendido ya por todo México; y es irónico pensar en como toda esa gente que adulaba al general, durante la cena de gala por los festejos del centenario, y un poco antes, en la recepción ofrecida al presidente Taft,  sea la misma que hoy lo repudia...


Guardia Federal custodiando la casa de Porfirio Díaz.


Si bien es cierto, que tú y yo nunca fuimos partidarios del régimen dictatorial de Díaz, y como muchos otros mexicanos, teníamos el deseo de que las cosas cambiaran; sé que si hoy estuvieras aquí y pudieras ver todo lo que está pasando, pensarías igual que yo, respecto a que la vida y la sangre inocente de tantas personas es un precio muy caro a pagar.


Documento con la renuncia formal de Porfirio Díaz a su cargo como presidente de la república.


Al momento de escribir yo esto, Díaz ha presentado ya la renuncia formal a su cargo como Presidente, ante El Congreso de La Unión... Y mientras todo esto sucede, no puedo evitar pensar en que en este país que tanto amo y en el que se ha quedado gran parte de mi vida, al igual que yo hoy está herido por dentro y agoniza.


Para mi todo es tan confuso ahora, y sé que me costará mucho sobreponerme al dolor que siento... De hecho sé que ya ni siquiera debería escribirte Fernando, pero no puedo dejar de hacerlo; pues contarte todo lo que me pasa es una manera de no perder lo poco que me queda de ti.


He decidido irme para siempre de México. El tiempo de estancia dependerá del lapso que me lleve realizar algunos trámites relacionados con los bienes de mi padre.
Si me voy, sé que será como arrancarme media vida, pero a pesar de eso, creo que en este momento es la mejor decisión que puedo tomar, ya que poner distancia de por medio será lo más sano para mi. 
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Veracruz, Ver. 29 de Mayo, 1911. 

Fernando:
Han pasado ya dos días desde que salí de la capital del país, y para mi ha sido toda una sorpresa, descubrir que en este tren que me trajo hasta el puerto, viajaba también el General Porfirio Díaz y su familia.

Me di cuenta, porque durante el trayecto, hubo un intento de asalto que por suerte no pasó a mayores gracias a que el General Victoriano Huerta y su escolta intervinieron a tiempo. Pero fue debido a eso que todos los pasajeros que viajamos también, nos dimos cuenta que este tren fue como una especie de convoy presidencial.

Gral. Victoriano Huerta.

Anoche, pocas horas antes de que llegáramos a Veracruz; no podía dormir y sentí tristeza al leer en un diario de la capital, una crónica en la que se hablaba de como a diferencia del recibimiento que tuvo Francisco León de la Barra, al ser nombrado presidente interino; el General Díaz y su familia huyeron como si fueran ladrones, aprovechando la oscuridad de la noche, a bordo de un Mercedes de color negro que cargaron con baúles en los que llevaban todas sus pertenencias.

Esta mañana, al llegar aquí, he visto al General a lo lejos. Cuando la gente comenzó a descender en la estación, él iba del brazo de su esposa Carmelita y sentí pena por él, porque a diferencia de aquel hombre que tú y yo vimos portando con gallardía su uniforme militar durante la cena de gala con el Presidente Taft, ahora todo era diferente y a pesar de su actitud altiva, se veía triste y me extrañó el hecho de ver que llevaba la cara vendada.

Fue sólo un instante el que pude observarlo, pero por la inflamación en su rostro, supongo yo que una molestia bucal lo aqueja... Puede que sean principios de erisipela, y sé que si tú estuvieras aquí me podrías confirmar sin duda todo esto.

¿Sabes?, más allá de la molestia física y el dolor, siento que El General Díaz está muy triste... Me bastaron esos minutos en que pude verlo, para entender que detrás de toda esa entereza que se empeña en demostrar, hay un hombre que está sufriendo y creo que lo entiendo, porque al igual que él yo también intento hacerme fuerte, pero supongo que todo esto es tan reciente y ya con el sólo hecho de escribirlo he empezado a llorar otra vez.

Veo al General y no puedo evitar pensar en mi padre, pienso en ti también y en que es muy injusto que nos haya sucedido a nosotros todo esto... 

Tengo ya en mis manos el boleto del barco que compré en cuanto llegué aquí, para partir en dos días con destino a Europa... La verdad no tengo ni la menor idea de: ¿qué voy a hacer ahora?, pero supongo que por mi propio bien debo intentar sobreponerme... Ni siquiera debería ya escribirte, pero dime... ¿cómo se hace para no extrañar tanto? ¿para hacerte a la idea de que ya no tienes nada?... Me siento triste, vacía y no debería decirlo, pero hasta enojada con Dios y con la vida... La verdad ya no sé que pensar, ni que decirte... Creo que no debo seguir escribiendo ya...
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El General Porfirio Díaz y su guardia presidencial en Veracruz, 31 de mayo de 1911.

Veracruz, Ver. 31 de Mayo, 1911.
Fernando:
Llegué muy temprano al muelle, y esa antelación fue lo que me permitió contemplar el arribo de los demás pasajeros, que al igual que yo están listos para esta travesía a bordo de una embarcación de la empresa alemana Hamburg Amerika Line y que lleva por nombre Ypiranga.


Es un navío descomunal, que por los rumores que he escuchado realiza con frecuencia viajes interocéanicos. 
Me gustaría que pudieras verlo, pues anclado sobre el muelle parece un monstruo gigantesco que se alimenta con los pasajeros, la tripulación y todo el equipaje que cada uno de ellos lleva consigo... Pero esas son tan sólo ideas mías que han surgido de mi imaginación, ya que desde este punto tan alto donde estoy ahorita, muy cerca de la proa; puedo ver a todos los pasajeros que van arribando, y que desde aquí se visualizan tan pequeños, en comparación con el tamaño de la embarcación.


Sé que sin duda alguna el personaje más reconocido a bordo, será El General Porfirio Díaz y su familia, quienes según por lo que dicen los periódicos, durante estos dos días previos a la salida del barco, permanecieron hospedados en la casa del representante de la firma inglesa Pearson & Son, y luego en casa del gobernador Teodoro Dehesa, un viejo amigo suyo.


Para mi, ha sido muy impresionante ver como su vida y más de 30 años en el poder, han quedado reducidos a 8 baúles que fueron cargados a bordo. 
Mucha gente ha venido a despedirlo y a pesar de ya no tener el cargo de comandante supremo de las fuerzas armadas; fue recibido en el muelle como si aún fuera un verdadero jefe de estado.


Al momento de escribirte esto, el barco está en plena maniobra de desatraque, y no sé si fue nostalgia por culminar un ciclo, pero una carga emocional muy fuerte, volvió pesado y  sombrío el ambiente después de que El General Díaz dirigió unas palabras de despedida a su escolta militar y a la multitud que se reunió aquí para verlo partir. 


Tengo un nudo en la garganta porque justo ahora que el barco  ya ha movido su hélice y comienza a alejarse de la costa, la banda del ejército ha tocado el himno nacional y 21 cañonazos han sido detonados en señal de despedida para él.


Tal vez soy yo, que mi ánimo tampoco es bueno, pero creo que lo noté abatido... Sé que ese estado que lo ensombrece, ya no tiene nada que ver con la molestia dental que lo aqueja... Su dolor es todavía más intenso y viene de otra parte; y contra eso no hay ninguna medicina que pueda servir... ¿Qué curioso no?...  En este momento en que veo  el imponente camino de olas azules que tenemos por delante y mientras el puerto se reduce de tamaño a medida que nos vamos alejando, no puedo evitar recordar que tú y yo siempre hablamos de la posibilidad de viajar a Europa juntos... 


Sé que no me hace nada bien tener ese tipo de pensamientos, pero ha sido inevitable recordarlo... Teníamos tantos sueños Fernando, y en este momento me siento muy triste porque jamás imaginé que saldría de México bajo estas circunstancias; pero sobre todo que pudiera pasarnos todo esto... No sé porque, pero algo dentro de mi me dice, que nunca más voy a volver a estar aquí...


El General Díaz se despide del pueblo veracruzano desde el castillo del barco Ypiranga, 31 de mayo de 1911. Imagen tomada de: Gustavo Casasola, Historia gráfica de la Revolución mexicana

Margarita cerró el diario y sus ojos se humedecieron levemente al recordar todo cuanto sucedió dos años atrás... Ni siquiera tuvo tiempo de "regordearse" en ese sentimiento, porque por la puerta principal del departamento apareció un hombre que si bien no era atractivo, tenía una personalidad interesante, y al que ella saludó con un beso en la mejilla y llamándolo por su nombre: Jean-Pierre.

A él le hubiera gustado quedarse como tantas otras veces lo había hecho: contemplándola en silencio; pues todos esos momentos en que la descubría tan abstraída de todo, y sentada cómodamente en lugares o rincones que a otra mujer no se le ocurriría ni de broma estar para no perder "la clase"; era justo el tipo de detalles que con el paso del tiempo lo llevaron a descubrir la sencillez y la belleza de su espíritu.

...Por ahora ya era demasiado tarde para hacer eso, puesto que Margarita ya lo había visto llegar. Entonces no tuvo más remedio que acercarse para ayudarla a incorporarse. Pero al estar frente a ella y tras preguntarle ¿si ya tenía todo listo?, Jean-Pierre se percató de que su estado de ánimo era un tanto nostálgico; y apoyando sus manos con gran delicadeza sobre los brazos de ella; mostró una genuina preocupación por saber ¿qué le sucedía?


 Calle de Paris, día lluvioso. Gustave Caillebotte (1848-1894).


Jean-Pierre Benoit era un experto curador de arte y dueño de una galería en París. Él y Margarita se conocieron a raíz de que por casualidad descubrió su portafolio fotográfico; y en esos dos años de convivir por cuestiones de trabajo, además de la pasión compartida por todo lo que estuviera relacionado con el mundo del arte; dio pie al florecimiento de una sincera amistad.

Para Margarita, no era ningún misterio que Jean-Pierre estaba enamorado de ella, pues él se lo dijo prácticamente desde que la conoció; y tomando en cuenta que era un hombre honesto y de buenos sentimientos, durante algún tiempo intentó tomar la oportunidad que él le ofreció para rehacer su vida; pero se dio cuenta que era un verdadero suplicio besarlo sin estar enamorada y teniendo en mente a alguien que a pesar de ser tan sólo un recuerdo, seguía vivo en su corazón.

Por esa razón, y antes de que pudiera cometer un error todavía más grande del cual no sólo pudiera arrepentirse, sino también le arruinara la existencia a un hombre por el cual no sentía otra cosa más que un profundo agradecimiento; Margarita decidió dar por terminado aquel noviazgo que ni siquiera pudo considerar como tal.

Jean-Pierre fue muy comprensivo y entendió que ella nunca podría corresponderle. Conocía bien la historia de Fernando; y mientras ella por su parte, había veces que se cuestionaba si hacía mal en negarse la oportunidad de enamorarse de nuevo; sabía que no podía engañarse a si misma; porque su corazón decidió exactamente lo que era correcto no sólo para ella...

No cabe duda, el destino es muy caprichoso y extraño a veces... Y Margarita nunca imaginó que ese hombre que apareció en su vida dos años después le dio la muestra más grande de amor no sólo al dejarla en libertad; sino también al poner en sus manos una fotografía que trajo de vuelta todo el pasado, y le hizo saber que tal vez la vida estaba por ofrecerle una nueva oportunidad...

Fotos: Sistema Nacional de Fototecas-INAH | Archivo Casasola | Martha Mendoza.


Continuará...

Comentarios

Vane dijo…
Ya te lo dije antes que me gusta esto de mezclar la historia con lo que sale de esa cabecita llena de imaginación.
Para Margarita es muy duro volver a empezar de cero, me quedé pensando mucho en eso, a veces no necesitas irte de tu cuidad para empezar de cero, a veces tu vida tiene que empezar sin moverte de tu lugar, cosa que puede ser más difícil todavía porque puede que sea un comenzar a medias, en fin...yo me entiendo.

Vamos a ver que pasa con Margarita, su nueva vida y porque no un nuevo amor.

Te dejo un abrazo y buen viaje!!!