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De Regalos y Suspiros...


Minotauro despertó con un suspiro grande en el alma, y aunque era muy hermoso, no se le ocurrió ningún lugar en dónde poderlo poner.

Aquella mañana fría salió de casa con prisa y al igual que las llaves de su casa, se lo guardó en uno de los bolsillos de su saco...

Era la primera vez que tenía algo tan hermoso en sus manos, y quizá fue por eso que de camino a su trabajo le preguntó a Dios con la voz del pensamiento: ¿Cómo una persona tan normal y ordinaria como él, podía hacer para regalarle a alguien un poquito de esperanza y fe?

De camino a su trabajo y abordo de un camión de transporte colectivo, logró robarle una sonrisa a una niña, con tan sólo dibujar una carita sonriente en el cristal húmedo y empañado de una de las ventanillas que quedó frente a ella en el lapso que dura un semáforo en rojo.

Sin darse cuenta, tomó las manos de una abuela y las protegió del frío, al dejar olvidados sus guantes de lana en el asiento que ella ocupó dos cuadras después que Minotauro descendió, porque por fin había llegado a su destino.


Con una mirada larga y llega de ternura, recorrió un estrecho camino escarchado por la nieve. De alguna manera no lo hizo solo, porque su corazón le regaló un vistazo al futuro, y se imaginó en otro tiempo al lado de un ser maravilloso, que haciendo del mal tiempo una fiesta, celebraría al invierno delineando siluetas de ángeles por el parque (y en alguna que otra calle); además de dejar la calidez de su alma en un muñeco de nieve que a más de uno que pasara por ahí, seguro lo haría sonreír...

Minotauro también sonrió, y su corazón se sintió feliz con el simple hecho de imaginar eso. Protegió su cara y su corazón del frío, de la misma manera que en ese tiempo imaginario protegería con el alma los de ese ser maravilloso que quizá en el presente estaría al otro lado del continente en un cálido lugar y sin imaginar siquiera lo que podría ser capaz de llegar a inspirar.

En un día ordinario de entre semana, con tantas ganas de vivir que el suspiro había despertado en su alma, hasta el trabajo más rutinario se había convertido en la experiencia de un día único vivido, y que al final del día él se moriría de ganas por contarle a alguien y compartir ya fuera a la hora de la comida o al volver de tarde, ya de regreso a casa.


Pero  los sueños imaginarios no siempre tienen prisa, así que a mediodía Minotauro quiso ser un caballero anónimo y dejó un par de gerberas de color, intencionalmente olvidadas: una sobre el casillero de la persona más humilde e ignorada de intendencia de su edificio de trabajo; mientras que la otra, sin remordimiento alguno la abandonó en un cajero automático del banco, para que causara extrañeza y desconcierto, pero al mismo tiempo alegría a cualquiera que llegara hasta ahí después de él.


Ese día hacía mucho frío para sentarse a escribir una carta sin tiempo sobre la banca de un parque; pero en el camino fue plasmando ideas en una simple servilleta, y esa tarde le regaló un mensaje de esperanza a quien llegó hasta el mismo café donde él compró una taza de chocolate caliente y un muffin con sabor a plátano, que luego dejó muy bien acomodados, sobre la bomba de gasolina de algún despachador que en un día tan difícil tendría que trabajar la mayor parte del tiempo a la intemperie en una estación de las que quedaban a su paso.

Su alma y su corazón estuvieron a mil ese día, y su cuerpo regresó cansado antes de que el sol se ocultara. El exceso de trabajo, le robó una vez más la oportunidad de contemplar el atardecer; pero el destino le regaló la sonrisa más espontánea que en su rostro pudiera dibujarse, cuando desde la esquina de su calle, observó que alguien que jamás se hizo grande, dejó a la entrada de su casa un simpático muñeco de nieve, como el que de mañana, en su recorrido por el parque se imaginó él.

El día acabó, y Minotauro se fue a la cama abrazando ese mismo suspiro que lo dejó con ganas de haber podido dar un poco más... 24 horas a veces resultan ser insuficientes para regalar sonrisas, salir a la calle y grafitear una barda con una frase hermosa, dejar una carta de amor abandonada en un buzón elegido al azar o entre las páginas de un libro en una vieja biblioteca; soltar un billete con la esperanza de que sea encontrado por alguien que con urgencia lo necesite; así como liberar el regalo de un libro o una canción a alguien que jamás recibió un regalo de ese tipo, atrapado en un pedazo de cinta o de plástico redondeado...

Sobre eso quería hablar Minotauro al final del día... Contarte a ti y a mi una historia, de esas que sirven para olvidar que fue un lunes normal y otra vez hizo mucho frío; pero que en compensación la magia y la calidez del alma, puede hacer posible que cualquier dolor ceda y las preocupaciones de la vida diaria queden atrás...

De su mesita de noche sacó un cuaderno nuevo y su pluma favorita... Su intención era describir con letras una fábula que hablara acerca de todo esto, pero el sueño hizo de las suyas y lo venció...

Quizá él se quedó con la idea de que le faltó tanto por dar y regalar en ese día... 
Lo que Minotauro jamás imaginó fue que la única frase que en el papel plasmó antes de que el cansancio cerrara sus ojos, (sin tener historia ni punto de referencia), dentro de cualquier libro abandonado, más allá de ser un pedazo de hoja, representaría que el impulso de dar, más allá de la forma y el tiempo en que se materialice, puede llegar a ser muy similar a poner entre las manos de alguien, un trocito de esperanza y fe.
Fotos: Cerro Bola, Cd. Juárez, Chih. Méx. | Crédito: Jesús Tobón.
Parque en Cd. Juárez | Foto: Francisco Ortiz.
Era la primera vez que tenía algo tan hermoso en sus manos, y quizá fue por eso que de camino a su trabajo le preguntó a Dios con la voz del pensamiento: ¿Cómo una persona tan normal y ordinaria como él, podía hacer para regalarle a alguien un poquito de esperanza y fe?

Comentarios

Vane dijo…
Es un personaje hermoso, un verdadero ángel, de esos, de alas gigantes y muy brillantes.

Me encantan estas historias!