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Remembranzas Fantasmagóricas (Parte IX).


Lo primero que Margarita vió en cuanto se bajó del carruaje fue a Fernando de espaldas y a tres de aquellos misteriosos hombres enmascarados muy cerca de él, casi, casi rodeándolo.

Sin medir las consecuencias y guiada por un impulso, ella no dudó en correr hasta su encuentro y tomarlo por el brazo, quizá pensando en forma ilusa que si la intención de aquellos forajidos era hacerle daño a su prometido, estando ella como mujer de por medio, al menos eso los haría detenerse en forma momentánea.

Fernando no dijo nada, tan sólo se limitó a mirarla de reojo y apoyar su mano también sobre la de ella, como una forma de agradecerle sin palabras, el apoyo que le hacía sentir con tan sólo aferrarse con tanta convicción a él.

Era un momento difícil... Margarita se dio cuenta no sólo por el semblante reflejado en el rostro del joven médico; sino por la formalidad impuesta al tono de voz con el que se dirigía a aquellos hombres, y que en cuestión de un instante, sirvió para que ella se pusiera al tanto de lo que estaba sucediendo; y aunque si era algo grave, la realidad era que se trataba de un asunto muy distinto y que nada tenía que ver con lo que desde un inicio ella imaginó.

Esos hombres que ahora se encontraban delante de Fernando, a pesar de tener cubierta la mitad del rostro, reflejaban preocupación en sus miradas. Al parecer provenían de una pequeña comunidad, ubicada a unos cuantos kilómetros de distancia de La Hacienda Doble Águila; y la razón por la cual interceptaron la carreta e interrumpieron el viaje en forma tan abrupta fue muy simple: Ellos querían que el Dr. Iturrigaray los acompañara hasta donde vivían, puesto que él representaba la única opción que tenían en muchos kilómetros a la redonda para poder darle solución a un problema que tenían desde hacía mucho tiempo.

En el instante mismo que Margarita llegó, el grupo de desconocidos le explicaba a Fernando que en la comunidad donde vivían, existía una mujer que tenía una especie de "maldición", que ni la curandera más sabia y longeva del pueblo se atrevía a tratar por temor a que ese mal se revirtiera y le afectara.

Desde ese primer planteamiento, (que también era la razón que justificaba que esos hombres llevaran la cara cubierta); además de el modo en el que se referían a ella; al catalogarla como un ser "impuro"; Fernando se dio cuenta de que tenía ante él un caso que podía ser grave, debido precisamente al grado de ignorancia y superstición de esas personas, que como última opción recurrieron a su ayuda.

Los escuchó muy atento, sin interrumpirlos, todo con el propósito de reunir la mayor cantidad de elementos posibles que le permitieran evaluar la situación, y bastó simplemente que durante la conversación se mencionara que aquella mujer vivía aislada del resto de los habitantes, para que desde mucho antes de que ellos se lo pidieran, Fernando estuviera ya decidido a interrumpir su viaje y desviarse de su ruta para acompañarlos y ver si podía ayudar en algo.

En un principio el plan fue que Margarita y Doña Águeda reanudaran el viaje hasta la hacienda donde se llevaría a cabo el bautizo; mientras él, se marchaba a caballo y acompañaba a esos hombres hasta su lugar de origen con la intención de brindarle asistencia médica a la mujer que lo requería; sin embargo, su sorpresa fue grande, cuando Margarita, con una convicción que lo dejó impresionado (y que aparte no le dio opción para recibir como respuesta una negativa); le hizo saber que ella deseaba acompañarlo.

Una vez que volvieron al interior de la carreta y le plantearon la situación a Doña Águeda, más a fuerza que de ganas aceptó que su hija acompañara a Fernando.

Tras esa decisión, pactaron con el grupo de desconocidos, que llegando a la zona de "La Unión" (lugar en el que ellos vivían), el carruaje partiría dejando a Margarita y Fernando en ese lugar; mientras que la futura suegra reanudaba el recorrido hacia La Hacienda Doble Águila; para una vez que ella estuviera instalada ahí, el coche regresara de nuevo hasta esa zona para pasar por ellos.


A pesar de que la vista durante el camino hacia La Unión era impresionante, en el ambiente se percibía una especie de tensión y nerviosismo.

Margarita tuvo intención de discipar un poco esa atmósfera con un poco de charla, pero finalmente creyó que no era conveniente hacerlo y tan sólo se limitó a pensar en lo mucho que le sorprendió descubrir que en esa zona existían viñedos, cuando ella toda la vida había creído que la uva era un fruto que solamente se daba en climas húmedos y no en una tierra tan árida y desierta.

Llegaron, y los primeros minutos todo fue tal y como lo acordaron. Doña Águeda se marchó, no sin antes haber maltratado con lujo de prepotencia a uno de los hombres que intentó ayudarla a subir de nuevo al coche (una vez que ya se había despedido de su hija y su futuro yerno)... Y claro está, aprovechándose también de la circunstancia de que ahora sabía que aquellos hombres no eran bandidos y simplemente pertenecían a un grupo étnico.

Ni a Margarita ni a Fernando les pareció adecuada esa reacción, pero no había tiempo que perder y en cuanto llegaron y el carruaje partió, ambos pidieron que los llevaran hasta donde se encontraba la extraña mujer que necesitaba asistencia médica.

De la entrada del pueblo (conformada apenas por unas cuantas casas muy austeras), el recorrido no fue para nada extenso, (y a pesar de que debieron suponerlo desde un inicio), a ambos les causó impacto enterarse de que esa mujer vivía no sólo en una zona aislada del resto de los habitantes; sino que a escasos 100 metros de distancia, ninguno de aquellos hombres quiso ya acompañarlos (una vez más por temor a que "La Maldición" los alcanzara), y entonces, Margarita y Fernando tuvieron que emprender a partir de ahí el camino solos y sin sospechar siquiera lo que les aguardaba.

Poco a poco se fueron alejando de aquellos hombres que se quedaron apostados mirando simplemente como el joven doctor y su prometida, con paso decidido comenzaron a caminar en dirección hacia el lugar que les indicaron.

En ese lapso ninguno de los dos dijo nada, pero como venía sucediendo desde ya hacía un buen rato, con la mirada se decían todo y esta vez el nerviosismo y un poco de temor se reflejó en los ojos de ambos; pero eso no los amedrentó en nada, porque en el fondo ambos compartían la idea de que tras esa leyenda negra de la mujer tocada por una maldición; lo más probable era que existiera un simple ser humano, que de verdad necesitaba ayuda.

A los pocos minutos de estar caminando se toparon con una especie de granero-bodegón muy grande. Se veía abandonado y muy deteriorado. Había telarañas incluso hasta en el picaporte de la puerta, del que una vez que Fernando logró hacer que cediera para abrir y tener acceso, un olor fétido que casi los hizo regresarse, se escapó proveniente desde el interior.

Los forajidos ya les habían advertido que aquella mujer por las noches emitía unos alaridos espeluznantes y los primeros instantes dentro de aquel lugar fueron muy tensos.

Por dentro todo lucía igual de descuidado y sucio que en el exterior, y lo primero con lo que se encontraron fue con un pasillo de acceso, repleto de recipientes con restos de comida y que por la cantidad de moscas que los rodeaban, se veía habían sido lanzados desde hacia varias semanas por el orificio que la puerta tenía en la parte inferior (pues estos solamente llegaban a unos cuantos metros de distancia de la entrada principal).

Fernando parecía estar tranquilo, pero por momentos pensó que su respiración y el silencio que desde que entraron se interpuso entre ambos, haría que se hiciera perceptible el sonido de los latidos de su corazón cuyo ritmo bajo esas circunstancias se estaba dando en forma muy acelerada.

Margarita por su parte, también se sentía muy nerviosa, pero algo inexplicable le daba fuerza y la convicción necesarias para saber que era su deber estar al lado de Fernando.


Unos minutos después de caminar entre la sombra y la escaza luz del sol que se colaba por los resquicios de las vigas del techo (que también estaba en muy malas condiciones), llegaron a un punto en el que al final había una pequeña estufa o chimenea de ladrillo abandonada y a unos cuantos pasos más, una puerta de madera de lo que parecía ser una caballeriza; desde la cual era perfectamente perceptible una respiración entre cortada, seguida de un quejido lastimoso que les hizo saber que la persona que buscaban se encontraba allí.

Si otros hubieran sido quienes -al igual que ellos dos en ese momento-, estuvieran ahí; sin duda alguna se habrían paralizado con tan sólo escuchar la forma en que aquella persona manifestaba que algo le dolía... Incluso ni siquiera habrían soportado permanecer ni un instante en ese sitio, debido a lo desagradable del olor que se percibía desde la entrada; pero para diferentes al común de la gente de su época); todo aquello tan sólo provocó que actuaran con mayor decisión, ya que era evidente que se encontraban ya ante una situación mucho más grave de lo que les plantearon desde un inicio y ellos también imaginaron.

Por suerte, la puerta que separaba la parte abierta del granero de esa caballeriza, ubicada al final de aquella construcción de madera apolillada y corroida, no se encontraba atorada ni cerrada. Ambos muchachos entraron con facilidad y lo que descubrieron al fondo de una especie de barandal (que en otro tiempo sirvió para amarrar caballos), fue la figura de una persona que por alguna razón se encontraba recluida al fondo de un montón de paja y sacos de semillas.

Efectivamente se trataba de una mujer. Pero esto sólo podía adivinarse por el largo de sus ropajes sucios y rotos, así como por lo hirsuto de su cabello que le cubría el rostro por completo.

Una vez que estuvieron lo suficientemente cerca, descubrieron que la razón por la cual aquella mujer se encontraba confinada en un solo rincón, era debido a que en uno de sus tobillos, llevaba prendido un grueso grillete de hierro, del cual pendía una gruesa y oxidada cadena de poco menos de medio metro de longitud y que además de permitirle muy poca movilidad, el roce con el hierro, después de tantos meses le había causado ya una herida muy profunda en la pierna y era lo que propiciaba que ella se quejara así.

Cegado por la ira de que una persona pudiera haber sido confinada a vivir bajo esas condiciones, el primer impulso de Fernando fue tratar de liberarla; pero ni siquiera pudo acercarse, porque en cuanto la extraña mujer se percató de que su intención era tocarla, emitió un grito estruendoso que le hizo saber que si se acercaba demasiado, sin dudarlo, se abalanzaría sobre él en un intento por defenderse como pudiera; pues para ella, que no conocía otra cosa, la única intención del doctor era agredirla.

Por unos instantes ambos se quedaron de pie y sin saber que hacer ante aquella mujer que al ver que el doctor había comprendido que no debía acercarse, volvió a la posición en que originalmente la encontraron.

A Margarita le pesaba en el alma la manera como se quejaba, y sabía que tenían que hacer algo rápido, por eso, sin siquiera consultarlo con Fernando, se fue acercando poco a poco a ella y le empezó a hablar de una manera dulce, mientras sin importar que su vestido se ensuciara, se sentó a poca distancia de ella sobre el piso.

Fernando de inmediato comprendió el plan de Margarita y se sorprendió, porque no supo si fue la manera como su prometida se dirigió a aquella mujer o la apacibilidad y la ternura (que ya eran un sello característico de su personalidad), lo que propició que de ser como una especie de animal salvaje y agresivo, aquel ser humano se convirtiera en alguien inofensivo y frágil.

Margarita la abrazó, y al apartarle los cabellos de la cara algo en su interior se estremeció al descubrir que se trataba de alguien que casi, casi era apenas una niña. Al parecer no hablaba, pero mientras Fernando le daba indicaciones de como revisarla para dictaminar su estado general de salud, Margarita no dejó de hablarle en forma dulce y de hacerle saber que ahora todo iba a estar bien, puesto que ellos lo único que querían era ayudarla.

Ninguno de los dos se explicaba: ¿Cómo era que había sobrevivido bajo esas condiciones? Y más grande fue su sorpresa, cuando al intentar averiguar si no tenía más heridas (aparte de la que tenía ya por el grillete en la pierna y algunos arañazos en el rostro), ambos se sorprendieron al descubrir que era además una mujer con un avanzado estado de gestación.

Al corroborar esto, Margarita no pudo resistir que los ojos se le humedecieran ante semejante injusticia y en un tono desesperado y casi imperativo le pidió a Fernando que fuera en busca de ayuda.

Para aquella desafortunada mujer, este par de jóvenes cayeron del cielo. Fernando pactó con los líderes de aquella comunidad, para que estos le proporcionaran un espacio donde pudieran asearla y curarla; todo bajo la promesa de que en cuanto llegara de nuevo la carreta que pasaría por ellos, se la llevarían consigo, terminando así con “La Maldición” que supuestamente pesaba sobre el pueblo.

Por otro lado, Fernando estaba sorprendido y fascinado de como una chica de buena familia que en apariencia no hubiera sido capaz ni siquiera de ensuciarse las manos, había resultado ser una especie de auxiliar médico ejemplar; pero la vida todavía le tenía reservada una carta fuerte, pues aquella tarde, luego de varias horas en la que ninguno de los dos se separó de aquella desconocida -cuya única maldición fue haber nacido entre un grupo de gente ignorante-, comenzó a quejarse de nuevo, pero esta vez con las dolencias y síntomas propios de un trabajo de parto.

La angustia y el miedo se apoderaron por completo de Margarita, puesto que si aquella joven no toleraba que ningún hombre se acercara a ella, lo más probable era que guiada por la asesoría de Fernando, sobre ella recaería la enorme responsabilidad de asistirla en el parto….

Pero algo muy curioso pasó… Aquella mujer, dentro de su ignorancia y locura (porque efectivamente padecía de alguna especie de trastorno mental); percibió por fin que Fernando no era una mala persona y dentro de todo su dolor contribuyó en todo para facilitarle las cosas.

El alumbramiento se daría de un momento a otro, pero al parecer la criatura no se encontraba colocada en una posición correcta. Durante varios minutos –que para todos se volvieron eternos- intentaron por todos los medios que el bebé saliera en forma natural; pero al ver que los minutos pasaban y la vida de la criatura corría peligro, aunque las condiciones eran demasiado riesgosas e inadecuadas, Fernando decidió arriesgarse a practicar por primera vez en su vida una cesárea.

Fue la decisión más acertada que como médico practicante pudo haber tomado, pues a pesar de que lo más difícil fue la primera incisión, Margarita le brindó su ayuda en todo momento y eso facilitó aún más las cosas; puesto que si se hubiesen tardado un poco más, el bebé, habría muerto asfixiado con el cordón umbilical que ya traia enredado en el cuello o como consecuencia de haber ingerido liquido amniótico, debido a que el tiempo para que el trabajo de parto concluyera ya se había agotado.

Tal vez fue el instinto maternal, pero una vez que la labor de Fernando y Margarita dio como resultado que una hermosa niña de piel muy blanca y enormes ojos grises llegara al mundo; su madre, desde el instante mismo en que la tuvo por primera vez en sus brazos ya no quisiera separarse otra vez de ella.

Casi al anochecer y tras casi más de 9 horas de trabajo intenso, ambos jóvenes retomaron el camino de La Unión hacia Mesilla. A pesar de que el trabajo extenuante los mantuvo a ambos en silencio y concentrados en el paisaje tan hermoso que el exterior les ofrecía; de cuando en cuando sus miradas se cruzaban y entonces se sonreían uno al otro, motivados por la enorme satisfacción que les brindaba el tomar consciencia de que su trabajo en equipo contribuyó en ese día para salvar dos vidas.

Aunque desde un inicio ambos hubieran querido llevarse a la nueva madre y a su bebé; la convalecencia y el posible riesgo de infección -al no haberse tratado de un parto normal- hicieron que Fernando negociara una vez más con los hombres de aquella comunidad, para que permitieran que la madre y su bebé se quedaran en el lapso de tiempo en que él podía enviar a alguien desde México, para que trasladara a ambas hasta la hacienda de su familia (lugar desde el que a partir de entonces él mismo se haría cargo de ellas).

Con esta decisión, pretendía no sólo ganar tiempo para que la nueva madre y su pequeña hija –a la que Margarita sugirió bautizaran con el nombre de “Esperanza”- terminaran de recuperarse hasta que estuvieran en condiciones de aguantar el viaje.

Aunque la idea no les agradaba del todo a los hombres de ese pueblo, no les quedó más que aceptar, pues a final de cuentas, tolerar a aquella mujer por unos cuantos días más ya era algo mínimo, si lo comparaban con el hecho de que si obedecían al doctor, podrían deshacerse de una vez por todas del problema.

Pasaba de la media noche cuando atravesaron el camino bordeado por árboles enormes que en cierta forma eran como la entrada simbólica de Mesilla en Nuevo México.

Tras pasar por varias casas de adobe, resguardadas por puertas de madera desgastada; el carruaje que los había trasladado se detuvo por fin a la entrada de La Hacienda Doble Águila; lugar en el que en cuanto se corrió el rumor de lo que Margarita y Fernando hicieron, una buena cantidad de personas se reunió para darles la bienvenida sin importar la hora que fuera.

Doña Águeda también estaba ahí, y no le causó ninguna gracia ver la facha de su hija tras el viaje; pero tuvo que tragarse sus ganas de decirle algo y atestiguar junto a ella como Fernando era alguien muy querido y apreciado entre la gente de esa comunidad, pues todavía transcurridos unos minutos después de haberse bajado del carruaje, la gente seguía acercándose a él con intención de saludarlo.

Todo iba muy bien, hasta que de entre ese mismo grupo de gente, una chica rubia y muy guapa surgió de pronto y prácticamente se colgó del cuello de Fernando.

A Margarita eso no le causó ninguna gracia, mucho menos cuando supuso que una vez terminado su saludo, de modo irremediable -y por lógica- tendría que apartarse de él… Sin embargo, eso no sucedió y en una actitud totalmente acaparadora, todavía permaneció conversando así, muy cerca de él durante una buena cantidad de tiempo.

No supo porque, pero de pronto se sintió demasiado incómoda y sobre todo muy molesta… Nunca había experimentado algo parecido, asi que eso la desconcertó aún más y trató de concentrarse en la gente que estaba a su alrededor y por más que intentó distraerse no lo consiguió…

¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué se sentía así?... La verdad era que no entendía nada, pero experimentar todo eso no era para nada agradable, así que a pesar de que no podía dejar de pensar en eso ni apartar de su cabeza la imagen de ellos dos juntos, de momento, y aunque tuviera ganas de voltear deseando cerciorarse de que ya no se encontraban así, prefirió simplemente no mirar…

Continuará...

Comentarios

Vane dijo…
Cuanta imaginación amiga!!!, la verdad que tus personajes te están llevando por un camino que está dando como resultado una historia fascinante, entretenida, tiene todo: aventura, romance, rebeldía, paisajes, rica historia de tu querido país, y tantas otras cosas más que hacen que estos fantasmas se apoderen de tus manos y todo pase por el teclado para darle vida a todo esto, a mí me encanta de verdad te lo digo.

Margarita y Fernando se están como que conquistando casi sin darse cuenta, esa especie de admiración que uno empieza a sentir por el otro, y además otros sentimientos que están asomando por ahí, y si a eso le sumas que son iguales y distintos a la sociedad que los rodea, eso los hace muy cómplices, y esa especie de amistad que están teniendo más allá de que estén comprometidos les hace muy bien para dar el siguente paso, aaayyy!!! que romántico, me emocioné.

Debo confesar que me asusté, el capítulo anterior quedó como que ese encuentro iba a terminar en tragedia, nunca me imaginé que esos hombres sólo buscaban la ayuda de Fernando, eso estuvo bueno, sos un talento Martha Mendoza!!!!!, y tu imaginación no tiene limites, yo creo que vos primero imaginas y después respiras, jajajaja, parece exagerado pero es cierto.

Está de más decirte que no te voy a dejar tranquila hasta que me adelantes algo de lo que sigue, te voy a chantajear con algo, o usar mis métodos para manipularte de alguna manera para sacarte información. Ohhh! que difícil, qué haré para que me cuentes tantito?, ooohhhh! que recursos tomaré para que me cuentes algo de lo que sigue?, en fin...ya veré lo que se me ocurre.

Ya estoy muy ansiosa, esto pinta para largo y yo soy la más feliz por eso yupi!!!!!!! Que vivan los fantasmas cabrones!!!! ahh jijo! creo que acabo de fusionar una frase tan popular de tu país, no me van a dejar entrar por eso, jajajaja.

Gracias por esta historia, de verdad a mí me encantaaaaaaaaaaaaaa!!!.

Te dejo millones de abrazos y gracias por todo también!

Te adoro!
Vane dijo…
Cuando a uno le gusta algo siempre vuelve para leer otra vez, y porque no para comentar otra vez.

Todavía recuerdo cuando esta historia era solo una idea dando vueltas en tu cabecita llena de churros, y ahora mirá hasta donde llegaste, ya son varias partes y todavía faltan otras que me imagino seran igual o más interesantes y apasionantes que las que ya has escrito.

Sigo atenta y detrás de los pasos de estos fantasmas, así que no tardes en contar lo que sigue porfaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!.

Te mando muchos abrazototototes.

P.D te quiero mucho!