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"Remembranzas Fantasmagóricas" (Parte XV).


Una vez más, cuando las manecillas del reloj completaron el ciclo necesario para poder alcanzar la medianoche, en las paredes de El Museo de La Ex-Aduana, los cuadros y fotografías de los personajes del pasado, comenzaron a recobrar esa luminosidad que parecía devolverles -al menos por una madrugada- un destello de vida.

Las sombras imperceptibles para el mundo de "los vivos" también dejaron de ser tenues y la oscuridad acentuó aún más las siluetas de quienes vivieron en otro espacio y tiempo. Fue así como en uno de los pasillos, la figura de un hombre alto, de cabello oscuro y mirada tan profunda, pero al mismo tiempo tan llena de claridad y dulzura, apareció de pie, ataviado con un traje que denotaba un gusto en el vestir, exquisito e impecable.

A casi un siglo de distancia, varados en el punto intermedio que delimita el plano físico del espacio de los seres que ya han "desencarnado", esa circunstancia propiciaba que tras tanto tiempo de permanencia junto a los objetos y ropajes que en vida les pertenecieron; esos seres que ya no eran de este mundo, de cuando en cuando tomaran conciencia de esa realidad tan ajena en la que ya no les había tocado vivir.


Aquella madrugada tranquila y sin viento, el hombre que emergió de las sombras, no fue otro más que Fernando, quien sin prisa alguna, recorrió varias de las salas del museo, para encontrarse con algunos objetos que le resultaron familiares; así como las fotografías que le trajeron a la mente los recuerdos de un pasado en el que él vivió.

A medida que caminaba entre pasillos, Fernando sintió que en cada uno de los muros iba encontrando imágenes que recapitulaban momentos de su vida. A pesar de que él no aparecía en ninguna de esas fotografías, el simple hecho de ver en ellas impresa la figura de algún personaje que por circunstancias de la vida se cruzó alguna vez en su camino; lo hizo rememorar un montón de anécdotas.

Los tediosos recorridos a caballo por las serranías del estado de Chihuahua, así como todo lo que aprendió en los campamentos y en las plataformas de los trenes repletos de "soldaderas" y "revolucionarios".

Las madrugadas gélidas en lo alto de La Sierra, lugar donde aprendió a darle valor a todas las cosas que ni con toda la fortuna que pertenecía a su padre, hubiese podido comprar.


El joven doctor sabía que era gracias a todo eso, que se convirtió en un hombre de bien. Todo cuanto aprendió de valores, se lo había proporcionado la convivencia con los más necesitados y no la formación obtenida a través de los colegios en los que por tradición, los jóvenes de su clase ponían en manos su educación.


Fernando permaneció durante algunos minutos de pie frente a una fotografía enorme de El General Francisco Villa, y de inmediato vino a su mente el sonido estruendoso de su risa espontánea y honesta; así como los recuerdos en tropel de cómo fue que los hilos de su destino se entrelazaron, y las circunstancias permitieron que pudiera conocerlo y a base de las experiencias tan fuertes compartidas, se estableciera entre ellos dos un sólido lazo de amistad.

Pensando en todo esto, se encaminó hacia la parte superior de El Museo, hasta un área en la que por no ser de acceso al público, había un montón de objetos (entre letreros, muebles, utensilios y ropa) almacenados.

La oscuridad propia de la madrugada, imprimía a aquel lugar de cierto aire tétrico, pero al mismo tiempo nostálgico.

Fernando echó un vistazo a los encabezados de un diario de hacía más de un siglo que se encontraba apilado junto a otros en un rincón; dio vuelta a la página de un álbum fotográfico que por el polvo que desprendió se dio cuenta había pasado mucho tiempo desde que se quedó así; pero ahí, en medio de tantas cosas que acumularon energía y anécdotas de otras épocas, lo que llamó su atención fue un mueble de madera arrinconado en la pared y que al parecer resguardaba un fonógrafo.



No necesitó de luz para tener la certeza de que eso era. Bajo la luminosidad que se colaba a través de los cristales de la única ventana situada en lo alto de esa parte del tan antiguo edificio, Fernando se acercó y tras pasar su mano y dejar rastro de ello por encima de la fina tapa de caoba recubierta por el polvo, surgió en él la duda de si aquel aparato aún podía funcionar.

Decidido a no quedarse quedarse con la duda, abrió el pequeño compartimiento de pequeñas puertas deslizables de cristal que resguardaban los acetatos con música de aquella época.

A pesar de que el azar lo llevó a seleccionar el primero que estuvo al alcance de su mano, parecía que el destino tenía todo meticulosamente planeado, pues cuando la aguja comenzó a recorrer los surcos de aquel círculo negro de vinil, los sonidos de La Sonata No. 7 de Bethoveen, además de terminar con el silencio que aquella sinfonola guardó durante más de un siglo; el sonido de cada movimiento de aquella pieza musical, sirvieron para que la memoria y el alma de Fernando, de inmediato se transportaran de nuevo hasta aquella tarde de Otoño en El Castillo de Chapultepec.


De pie junto al vidrio de cristal que cubría cada cuadro que conformaba la ventana, extrajo el reloj de bolsillo que llevaba guardado en el interior de su saco, y en ese instante recordó que había hecho exactamente lo mismo que aquella tarde de Otoño, cuando estando todos ya reunidos alrededor de la mesa para degustar el exquisito menú cuidadosamente seleccionado y preparado por Doña Carmelita Romero Rubio (esposa de El General Díaz); Fernando quiso saber la hora en que aún estando a unos cuantos metros de distancia, sin necesidad de palabras le hizo saber a Margarita todo lo que sentía; mientras que ella por su parte, al corresponderle con una tímida sonrisa, le reveló que era correspondido.

El desfile de viandas que conformaron el festín culinario y que provenían de la cocina ubicada en el sótano de El Castillo, comenzaron a llegar hasta la mesa, a través de una escalera y un montacargas ubicados a un costado del comedor principal.


Bajo un ambiente de cordialidad, la anfitriona se desvivía en coordinar de forma esmerada el trabajo de los empleados de servicio, todo con la intención de que aquella comida de “tres tiempos” resultara agradable para todos los asistentes; y por su parte, El General Díaz, con su tono de voz grave y pausado atrajo la atención de todos, al momento de explicarle a uno de los invitados que le preguntó, en que habían consistido algunas de las obras de remodelación y acondicionamiento de algunas de las áreas del Alcázar.

Mientras los exquisitos manjares eran servidos, Doña Carmelita complementaba los comentarios de su marido, haciendo alarde de lo beneficioso que había resultado para todos ellos aquella decisión tomada por El General Díaz y uno de sus secretarios.


Esta área en particular, así como los sótanos y la planta baja del edificio, eran por excelencia los puntos de reunión en los que desde temprana hora se daban cita ayudantes de cámara, personal de limpieza, encargados de mantenimiento, amas de llaves, cocineros, lavanderas y meseros, quienes con su incondicional labor propiciaban día a día el funcionamiento de las instalaciones de El Castillo y la atención a las necesidades de la familia presidencial.


La comida fue deliciosa y el ambiente -aunque inmerso en ese halo de superficialidad propia de la clase acomodada- resultó inmejorable y así cuando los comentarios aduladores hacia los anfitriones cesaron, así como las felicitaciones por el delicado y refinado gusto con que fue seleccionada la vajilla y cubiertos franceses que se utilizaron durante ese banquete; El General Díaz, consciente de su posición como primer mandatario de la nación, invitó a todos los presentes a dar un paseo por los Jardines de El Castillo.

En palabras del propio General, todos los presentes escucharon que no había nada mejor como una ligera caminata para acelerar el proceso de digestión después de haber degustado tan generoso banquete, pero la realidad era que en su eterno protagonismo; el primer mandatario lo que en verdad quería era que sus invitados pudieran comprobar con sus propios ojos, que era cierto todo lo que él había dicho sobre las modernas obras de reacondicionamiento de El Castillo de Chapultepec.


Lo normal hubiera sido, que una vez concluida la comida, todos los caballeros, encabezados por El General Díaz, hubieran pasado al estudio, que amueblado y decorado con piezas de procedencia china, japonesa y de la compañía de Indias holandesa, bajo el humo de tabaco y el espíritu del licor, se recreara la atmósfera propicia para discutir los problemas que aquejaban al país y en cierta forma correspondía a aquella élite social intentar resolver.


Pero no, como esta vez, el motivo que originó aquella tertulia fue el reunir a todos en torno al proyector que les develaría las imágenes de alguno de los últimos eventos protocolarios de El General Díaz; mientras el Ingeniero Toscano secundado por Los Hermanos Alba, preparaba todo en el Salón Verde para llevar a cabo la proyección; tanto hombres como mujeres decidieron aceptar la propuesta de sus anfitriones y juntos recorrieron los jardínes, la zona del Alcázar, así como los pasillos impregnados de una luminosidad que se volvía casi etérea gracias a la luz solar que refractaban los vitrales.


Fue en esa zona precisamente donde Margarita captó la atención de todos cuando al preguntarle uno de los invitados al General Porfirio Díaz por el significado de las imágenes dibujadas por todo lo largo y ancho de aquel pasillo, ella complementó con gran conocimiento sobre el tema y de forma muy acertada la breve y limitada explicación que el dueño de aquel inmueble pretendió ofrecer.

La intervención de Margarita fue espontánea y excenta de todo alarde de conocimiento, pero aún así no dejó de sorprender el hecho de que una mujer tan joven (pero sobre todo eso, su condición de género); hubiera sabido identificar las elegantes figuras de las cinco diosas –que según la mitología griega- encarnaban los atributos femeninos.

Como una gran apasionada del arte, Margarita no sintió pena en ningún momento y prácticamente tomando el lugar al frente del grupo, compartió para todos el argumento de que ubicadas de derecha a izquierda, las efigies que aparecían reflejadas en los vitrales eran las de Pomona, diosa que patrocinaba las cosechas; Flora, cuya belleza se igualaba a la de las flores que surgen en la primavera.

Luego estaba Hebe, portadora del néctar divino que según la leyenda otorgaba la eterna juventud; así como Diana, deidad cazadora, patrona de la fertilidad y el nacimiento; para dar paso en último lugar a Ceres; diosa de la agricultura, y del amor que una madre profesa por sus hijos.



Ante tal muestra de pasión por el arte europeo del Siglo XIX, El General Díaz no tuvo más remedio que añadir un comentario jocoso referente a que el conocimiento más profundo que él tenía sobre esas imágenes que adornaban esa parte de El Castillo era que habían sido fabricadas en París por encargo de él mismo.

Si algo captaba la atención de El General, era precisamente una mente brillante e inteligente, y aquella tarde Margarita se convirtió en la invitada predilecta del anfitrión.

Tras besarle delicadamente la mano, en señal de profundo respeto y admiración, felicitó una vez más a Fernando, por haberla elegido para convertirse en su futura compañera de vida y con toda la formalidad del mundo le solicitó le permitiera disfrutar de su compañía y conducirla de su brazo durante el resto del recorrido por las instalaciones de El Castillo de Chapultepec.

Contrario a lo que pudieran pensar el resto de los invitados, Fernando accedió gustoso pues además de la absoluta confianza que tenía en su prometida, sabía bien lo importante que era para ella hablar sobre ciertos temas de interés general y que en aquella época el protocolo marcaba fueran estrictamente abordados por los caballeros de algunos selectos círculos sociales e intelectuales.

Aquella era una oportunidad inmejorable para que Margarita diera rienda suelta a muchas de las inquietudes, opiniones y criterios que a él le permitieron llegar a admirarla, al comprobar que era mucho más que una muñeca de porcelana o la hija de una familia “bien avenida”.

No pudo evitar sentirse profundamente orgulloso, al percatarse de que la atención del resto de los invitados seguía centrada en ella y El General, quienes a la cabeza del recorrido, hablaban de los más diversos temas como dos expertos conocedores.

No cabía duda, a pesar de las críticas propiciadas por el sentimiento de envidia de algunas de las damas, aquella tarde Margarita no sólo se “echó a la bolsa” al General; sino que además se convirtió en la figura central en torno a la cual giró aquella tertulia, en la que a la par de disfrutar de la proyección cinematográfica, Porfirio Díaz compartió con todos (motivado por el impulso de complacer a Margarita) de la grabación del audio que grabó dos meses antes en respuesta a la carta enviada por Tomás Alba Edison y que atesoraba como oro molido en el interior de un cilindro cuidadosamente protegido del calor y la luz del sol.

Fernando se sintió feliz y aún más enamorado de ella, al percibir que su prometida estaba feliz, sentimiento que se reflejaba en la expresión de su rostro y en el brillo transparente de sus ojos que se encendían igual a los de una niña curiosa, con todo ese mundo de cosas nuevas que El General le explicaba y que para ella constituían algo importante, puesto que para Margarita siempre fue imprescindible mantener vivo ese espíritu libre que le hacía experimentar fascinación y sentirse atraída hacia las cosas interesantes y nuevas.

Sin embargo, aunque aquella tarde fue una excelente oportunidad para dar rienda suelta a su curiosidad sin ser criticada o reprimida; Margarita no se olvidó de que si aquello había sucedido fue gracias a Fernando y por esa razón, a pesar de estar temporalmente separados y a algunos metros de distancia, no dejaba pasar oportunidad para de cuando en cuando buscarlo entre la gente y cuando las miradas de ambos coincidían, bastaba sólo eso para decirse todo sin necesidad de hablar.

Finalmente volvieron a estar juntos. Fernando aprovechó la oscuridad del Salón Verde y que la atención de todos estaba centrada en las imágenes que sobre una tela de color blanco proyectaban la figura de El General Porfirio Díaz montando a caballo.

En ese instante Margarita también estaba concentrada y fascinada por los alcances de tan maravilloso invento, pero de pronto sintió la calidez de un beso que se estampó en una de sus manos.

No fue necesario prescindir de la penumbra que envolvía aquel recinto, para adivinar y percibir los rasgos de Fernando. Sabía que era él quien había ocupado el lugar disponible al lado suyo, tan sólo por el delicioso aroma tan característico que siempre lograba envolverla (cuando lo tenía cerca) y la textura de su barba –que aunque estuviera siempre al ras- era perfectamente perceptible para ella sin importar que en algunas ocasiones llevara guantes puestos.

Por un instante una toma diurna de El General iluminó el rostro de ambos por un microsegundo, entonces para Margarita, irónicamente y en medio de tanta oscuridad se hizo evidente el infinito amor que aquel hombre sentía por ella y que se proyectaba a través de su propia imagen reflejada en su mirada.

Era imposible no sentirse enamorada al descubrir eso en alguien también, y a la par de sonreirle, Margarita le acarició el rostro de una manera que le hizo saber que sus sentimientos eran correspondidos de la misma forma.

Desde hacía un buen tiempo ya, entre ellos se había establecido ese lenguaje que sólo es perceptible entre dos personas que han desarrollado ya un lazo de confianza y cercanía.

Era maravilloso en medio de la penumbra, poder adivinar y experimentar tantas cosas, entre ellas la forma como la mirada tierna de Fernando, de pronto se revistió de un brillo fulgurante que lo transformó en un niño travieso que sin necesidad de comunicárselo le hizo saber que su deseo era que en ese mismo instante ambos salieran de ahí.

Ella no dudó en aceptar, y aprovechando la concentración y la atención que todos los demás tenían puesta en la pantalla, ellos dos pudieron salir prácticamente sin que nadie se diera cuenta.

Afuera el día todavía no terminaba, y cuando Margarita preguntó hacia dónde se dirigían, Fernando se limitó a sonreírle y pronunciar en una frase de 3 palabras: “Es una sorpresa”; lo que sería para ellos durante el resto de la tarde.



Casi como si la intención de ambos fuera querer escapar de todo cuanto les rodeaba, a paso apresurado llegaron hasta el exterior de El Castillo, lugar en el que uno de los caballerangos, (quizá por orden de Fernando) los esperaba ya, sosteniendo las riendas de un pequeño carruaje tirado por dos caballos que por su porte y gallardía hacían saber que estaban listos para cabalgar.


No hubo necesidad de que se fueran demasiado lejos, después de unos minutos de camino abajo, la carreta se detuvo al pie del lago. Tal y como si los pensamientos y deseos de ambos estuvieran sincronizados, sin ni siquiera haberlo expresado, Margarita y Fernando decidieron detenerse allí, para a través de una sencilla caminata conocer y disfrutar más de ese maravilloso lugar.

La tarde recién se estrenaba y al sol le faltaba un buen rato todavía para despedir al día, o quizá era simplemente que no quería dejar de iluminar con sus tibios rayos dorados, el camino de aquellos jóvenes.

En ese lapso no hablaron de nada trascendente, caminaron simplemente uno a poca distancia del otro y Margarita escuchaba fascinada un poco de lo que Fernando le contaba acerca de la historia y las leyendas que se contaban de ese lugar desde la época prehispánica, mezclado con las anécdotas que junto al hijo mayor de Don Porfirio, él había vivido en su infancia, en la época cuando él y su padre visitaban a la familia de El General Díaz en El Castillo.

Mientras lo escuchaba con atención y un poco exhaustos por el cúmulo de vivencias acontecidas en el día, ambos volvieron en el camino, para luego ir a sentarse a un paraje cercano a la carreta que los llevaría de regreso.

En todo ese tiempo de convivencia, en que Margarita aprendió a conocer a su prometido, más allá del hecho de que sabía que era un joven de buena familia, educado en los mejores colegios y que ante los ojos de la sociedad –pero sobre todo de sus padres- era un excelente prospecto; a ella le atraía en sobremanera averiguar que había más allá de ese hombre que poco a poco se iba convirtiendo en lo más importante para ella.

Siempre ponía atención a cada una de sus palabras y a todas las anécdotas que él le compartía, pero también, Margarita aprendió a desarrollar una especie de sentido intuitivo que le hacía saber que en su interior existía algo que tal vez ella no conocía aún.

Nunca se atrevió a preguntarle, se limitaba simplemente a observarlo mientras él le platicaba algo, y era así como había aprendido a conocer y definir a la perfección las cosas que sabía le entusiasmaban, lo que le disgustaba o los motivos que lo podían llegar a entristecer.

Ante sus ojos, nunca nadie le abrió su corazón ni le permitió acercarse de la manera que Fernando lo había hecho, y conocer lo que había detrás de aquel joven de apellido de abolengo y posición económica desahogada, fue lo que le permitió hacer a un lado los prejuicios que en otro tiempo tuvo de él y llegar a enamorarse así de lo que era simplemente como hombre.

Esa tarde, al igual que muchas tantas otras veces, mientras lo escuchaba hablar, Margarita pensaba en lo mucho que disfrutaba estarlo viendo mientras él le platicaba acerca de los planes que tenía para sacar adelante un viejo proyecto que hacía apenas poco tiempo Fernando logró concretar con ayuda de algunos de sus compañeros de la facultad de medicina, y que consistía en un pequeño dispensario médico en el que a la par de practicar, podían ayudar a familias y personas de escasos recursos.

Había otras veces en que sentía que volvía a ser como un niño indefenso, cuando él le abría su corazón y le hacía saber que a pesar del cariño inmenso y el apoyo que desde siempre tuvo por parte de su padre: El Dr. Iturrigaray, le hizo mucha falta también la ternura y cuidados de su madre, quien había fallecido cuando él apenas tenía 5 años.

Margarita, muchas veces pensaba que esa carencia tan temprana en su vida, era quizá lo que en cierta forma lo llevó a ser un hombre tan sensible, con un profundo respeto por la figura femenina y que había alentado su enorme deseo de ser padre y en un futuro no muy lejano formar su propia familia; pero a la par de todos esos sueños y deseos tan personales, lo que a Margarita atrapaba por completo, era la idea de que Fernando era un hombre tan abierto y tan distinto con el que se podía hablar en todo momento con la confianza con la que sólo se le puede hablar a un buen amigo.

Precisamente por eso, aquella tarde, Margarita estuvo tentada a preguntarle si existía algún detalle o episodio de su vida que ella aún desconociera.

Pensó en que aquel era el momento justo para hacerlo, y su intención quedó al descubierto cuando Fernando, al terminar de hablar se dio cuenta que ella pensaba en algo más allá del momento presente, mientras lo observaba reflejando a través de su mirada la misma ternura y admiración que tantas veces ella también descubría en él.

Por primera vez y después de tanto tiempo cayó en la cuenta de eso, y se sintió por completo desarmado; pero no obstante eso, Fernando no era de esa clase de hombres que al sentirse vulnerables se cierran por completo, y aún con esa sensación extraña de nervios e incertidumbre se atrevió a preguntar qué clase de pensamientos pasaban por su mente.

-¿Pasa algo?, de repente te has quedado muy callada….-
-No, nada, simplemente escuchaba con atención todo lo que me decías y me puse a pensar en muchas cosas…-
-¿Puedo saber cuáles son esas cosas?-
-Porsupuesto, ¿Por qué no?, aunque bueno, en realidad no es nada importante… Pensaba simplemente en todo este tiempo juntos y en las cosas que me han permitido conocerte…
-Y de seguro todas esas cosas han propiciado que esta cabecita loca se llene de preguntas que te mueres por hacer…-

Fernando la abrazó y a la par de darle un tierno beso que anidó entre sus cabellos, le prometió que respondería a cada una de las preguntas que tuviera, pero después, porque en ese preciso instante él tenía algo para darle.

Se apartó momentáneamente de su lado, para dirigirse hacia la carreta y luego volver con algo entre las manos.

Una vez que estuvo cerca, volvió a sentarse junto a ella, pero antes depositó delante, una caja de tamaño regular en color oscuro que no le permitió abrir sin antes haberle explicado algo.

-... Esto es algo que que compré para ti desde hace tiempo. Tú y yo estamos comprometidos desde mucho antes de que ninguno de los dos tuviera consciencia de lo que representa un pacto hecho entre familias.

Tanto tú como yo sabemos lo importante que es eso, y si te soy sincero pensaba darte esta tarde delante de toda esa gente que se ha quedado en el Alcázar el anillo de compromiso que formaliza la promesa de convertirte en mi esposa… ¿Pero sabes algo?, en todo este tiempo yo también he aprendido a conocerte y me di cuenta de que eso es algo importante para todos ellos, pero no lo es para ti.

Sé que para alguien como tú son mucho más valiosas otras cosas y por eso adentro de esta caja he puesto algo que sé que para ti tendrá mucho más valor que una joya….

Margarita no entendía nada, pero no podía dejar de verlo ni escucharlo, y al mismo tiempo sentía como temblaba cuando él tomó sus manos entre las suyas para colocarlas encima de la tapa de la caja y luego continuar.

-... Sé lo importante que es para ti compartir momentos y quedarte con lo más valioso de cada persona que te rodea, y más allá del compromiso que otros establecieron por nosotros, quiero tener la capacidad para regalarte algo tan valioso, como puede ser una posibilidad.-

Cuando dejó de apoyar sus manos sobre las de ella, Margarita pudo por fin retirar la tapa, y tras una gruesa capa de papel en un color claro que tenía como única función proteger lo que la caja contenía más al fondo, encontró una cámara fotográfica.

M


Fernando tenía razón, aquel objeto para ella representaba algo mucho más valioso; pues era la posibilidad de documentar en forma gráfica el futuro (que aunque incierto), aquel joven doctor, de todo corazón le ofrecía.

Ella quiso agradecerle, pero no pudo hacerlo, pues la emoción hizo que algo se le atravesara entre el pecho y la garganta; así, mientras Fernando volvía a abrazarla, para permitir al mismo tiempo que sus lágrimas encontraran un camino seguro encima de uno de sus hombros; Margarita se dio cuenta por fin, no de lo inmenso y profundo que era el amor que los dos sentían (eso para ninguno de los dos era nada nuevo); sino de que aquel hombre siempre la protegería y estaría allí para apoyarla y darle esa libertad que ella desde siempre necesitó para atreverse a perseguir sus sueños.


La madrugada se agotaba, y de pie frente al ventanal de la parte alta de El Museo de la Ex-Aduana, Fernando se tocó el hombro con la mano. En el momento presente, su camisa estaba por completo almidonada y seca, pero pudo revivir a la perfección la sensación de humedad y tibieza que las lágrimas de Margarita le dejaron impregnadas en la piel en esa tarde de octubre de 1909, en que sin necesidad de testigos o una joya de por medio, Fernando le pidió que le permitiera construir el futuro incierto junto a ella.

En el plano plano “no físico” los sentimientos de amor y odio se intensifican y potencían al máximo... Por eso, a la par de pronunciar en voz alta aquellas palabras con las que le pidió lo dejara formar parte de su vida; el rostro de Fernando se desfiguró por completo cuando revivió también la sensación de ira que le produjo recordar un incidente que sucedió poco tiempo después.

Estaba amaneciendo ya y la madrugada resultaba insuficiente para que Fernando diera rienda suelta a ese sentimiento, pues no era el tiempo aún de revivir todavía esa historia…

Continuará…

Comentarios

Hola!!

ahhh me encantan las fotos viejitas... la de pancho villa me dio ternurita jajaja... me recordo los libros de historia que usabamos en primaria, que tiempos aquellos cuando todo era mas facil, hasta la tarea era mas facil no que ahora me da el telele de tantas cosas que hay que hacer...

oie seria genial que de verdad recobraran vida las cosas de los museos, y que pudierams convivir con los personajes historicos, imaginate las horas platicando con pancho villa de sus hazañas jajaja

:D

sale me retiro, cuidate muchote

byE
Vane dijo…
Me gustó el toque que le diste con todo eso de volver al museo, y la imagen tan solitaria y nostálgica de Fernando recordando cada cosa de la que fue parte, o en las que pudo participar y aún es una incógnita en esta historia, además te quedó perfecto esta escena para meterte otra vez en el pasado y volver a lo que te habías quedado en la parte anterior.
Me encantó con la elegancia y los adornos con los que describiste a Fernando escuchando música, Wow cuanta retórica exquisita!!!!

Por otro lado ese paseo cultural que te atropella de una manera estupenda, con tu investigación, y las imágenes que acompañan a tus remembranzas; señores eso es pasión y amor por lo que a uno le gusta hacer, y Martu es el mejor ejemplo de eso, a las pruebas me remito que aparecen en este espacio, donde además de pasar gratos momentos, también tenemos el lujo de aprender.
Todo, cada episodio en el castillo contado con tu toque tan particular y único hace que uno se sienta dentro de el.

Sobre la historia de Fernando y Margarita todo va sobre ruedas, pero esa sensación que ella tiene no es ni más ni menos que intuición femenina y esa nunca falla, así que tenemos que dejar de suspirar por Fernando porque algo hay detrás y seguro nada tiene que ver con ese muchacho tan encantador que hemos conocido hasta ahora.

Ahora resta esperar, el próximo capítulo será decisivo y se descubrirán algunas cosas, bueno eso creo yo de puro metida que soy porque me gusta esta historia, además falta saber que oculta Verónica que es un personaje fundamental en esta historia.

Gracias, gracias por un capítulo más, y sobre todo millones de gracias por habérmelo leído, ME ENCANTA QUE ME LEAN!!!!

Que lejos llegaste con los fantasmas mi chava, cuantas cosas ya han pasado y todavía faltan otras tantas. Gracias, gracias, gracias.

Te dejo una abrazo y no te olvides que te quiero mucho!!!!!
Martuchis dijo…
NEFERTITI:

A mi también me fascinan las fotos antiguas, más si son de mi ciudad, desde hace algunos años he comprado algunos libros y también he ido recolectado todas las imágenes que me encuentro de Cd. Juárez y El Paso, Tx. antiguas (tengo una idea un poco obsesiva con eso), porque me llama mucho mucho la atención saber como era la gente de antes, y mucho de eso lo he podido utilizar ahora con la historia de estos fantasmas del Siglo XIX.

Sobre la imagen de Pancho Villa fijate que es un poco nostálgica esa foto, porque es una imagen que tomé la última vez que estuve en el museo a principios de este año, ese día hubo un evento precisamente de una exhibición de modas de ese siglo y como era el último evento oficial que iba a tener el museo de la Ex Aduana antes de que lo cerraran al público (porque lo van a remodelar y se va a convertir en el Museo de La Revolución MURAC), aproveché para tomar esas imágenes que sin saberlo me sirvieron para este capítulo.

Coincido contigo en que la figura de Pancho Villa es muy interesante, ¿Sabias que el es el personaje de la historia de México y que es más conocido a nivel mundial?, hace poco en una universidad de Japón -creo no tengo el dato exacto- hubieron una serie de conferencias dedicadas a él, es súper interesante como él es alguien que ha trascendido la barrera del tiempo y la distancia y pues en el caso de mi historia es probable que Francisco Villa tenga alguna intervención en uno de los capítulos finales.

VANE:
Que bueno que te gustó este capítulo, sé que tu eres una de las personas que disfruta mucho esta historia al igual que yo y pues me encantaría que hubiera algunas pinceladas de La Chica de Las Estrellas Fugaces en los capítulos que faltan para concluir esta historia.

Gracias por el inmenso cariño que le tienes a mi blog, por leer este espacio como nadie lo hace (y comentar)y por estar tan cerca de mi y de esta historia que va a dar para mucho más, estos dos personajes van a seguir apareciendo eventualmente en este espacio... Tienen mucho mucho para contar.

Gracias por estar ahí y hacer más especial estas remembranzas fantasmagóricas.

Fue muy importante para mi leerlas para ti.

TQM