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El Alma de Los Árboles



Había sido un “Día Gris” y yo iba caminando de regreso a casa, apresurada, con la cabeza y el corazón lleno de mil cosas: Problemas, miedo, dudas, incertidumbre... Sentimientos encontrados, supongo que en conflicto interno conmigo misma, y aunque imagino que cada persona podría hablar a su manera acerca de lo que es tener “un mal día”, mi intención al recordar todo lo que tanto física como emocionalmente experimentaba en ese momento tan sólo sirve ahora para ejemplificar como un encuentro tan simple puede sacarte de golpe de ese egoísmo tan realista que te lleva a pensar durante las 24 horas sólo en las cosas que vives a diario, todo cuanto sueñas o anhelas, sin faltar las cosas que te agobian, para encontrarte con algo o con alguien que de pronto te hace ver que en este mundo no sólo existes tú.

Eso fue lo que pasó conmigo, ese día podría habría podido ser demasiado ordinario, a no ser porque de modo inexplicable mi mirada fue a parar justo hacia donde él estaba.

La primera impresión que tuve de él fue que se trataba de un gigante, imponente y majestuoso; pero al mismo tiempo delicado y vulnerable, dos características muy peculiares que se percibían a primera vista cada vez que sus miles y millones de hojas en forma ovalada y de color verde cedían en una especie de danza intermitente conducida por el viento.

Supongo que eso fue lo que provocó que yo lo descubriera, lo que llamó mi atención y por ende, provocó que no pudiera quitarle la vista ya de encima. Al pasar por debajo de él, su sombra de inmediato me envolvió y sus ramas se inclinaron para luego mecerse de un lado a otro en un movimiento tan perfecto que hizo que yo me diera cuenta de que aquello era una especie de saludo y que el árbol –aunque yo no entendiera su lenguaje- me estaba haciendo saber que le daba gusto verme pasar por ahí.

No le di mayor importancia, seguí avanzando y me alejé pensando en que no podía ser posible que un árbol me hablara; pero a pesar de mi estúpida incredulidad inicial, en el instante mismo en que el árbol me saludó y yo fui capaz de entenderlo, traspasé la delgada línea que delimita el universo cotidiano y sus complicaciones de el de “La Madre Naturaleza”, que con su simplicidad es capaz de demostrar que a pesar de que todo mundo viva demasiado ocupado para no tomarla en cuenta, ella es capaz de coexistir en un mundo así.

Fingí que no me interesaba, pero la imagen del árbol, a partir de entonces quedó grabada en mi mente como tinta indeleble y esa noche, al yo cerrar mis ojos a la realidad y abrirlos al mundo de los sueños, me encontré en medio de un valle hermosísimo, en el cual la hierba me cubría hasta un poco más abajo de las rodillas y amortiguaba con un crujir de hojas cada uno de los pasos que yo debía dar cada vez que quería avanzar.

No sabía hacia donde iba, así que dentro del sueño decidí sentarme en medio de la hierba verde para sin pensar en nada disfrutar de la frescura del pasto y del cielo abierto exento por completo de nubes y luz solar.

Ahí me encontré otra vez con el árbol, que al fondo del gran valle danzaba en perfecta armonía con el viento y su saludo esta vez fue mucho más emotivo, porque al hacerlo me mostraba en forma alternada los tonos de sus hojas que por un lado eran de color rojo y por el otro azul.

Azul y rojo… Luego otra vez rojo y azul… Quedé hechizada contemplando esa danza infinita que magistralmente ejecutada a través de un lenguaje silencioso, provocó que mi mente poco a poco se fuera adormeciendo, y, aunque al despertar del sueño para volverme a involucrar en las actividades cotidianas no pude encontrar una explicación o interpretación coherente para todo aquello que en ese espacio inconsciente había visto y experimentado de un modo tan real, por dentro me sentía tranquila e invadida por un inusual estado de paz.

¡Exacto!, ¡Eso era!... No necesité esperar la tarde, para volver a pasar por el lugar donde el árbol siempre estaba, para entender que dentro del sueño lo que él había querido decirme al mostrarme sus hojas de colores era simplemente: “esta noche no pienses en nada, despreocúpate y deja las cosas fluir”.

A partir de ahí, comencé a creer no sólo en su existencia como un ser individual y vivo, nos hicimos grandes amigos y el árbol, todos los días esperaba a que yo pasara para saludarme y comenzó a contarme cosas tan maravillosas y sorprendentes que de no haber sido por él, simplemente alguien tan ordinario como yo nunca hubiese sabido y mucho menos habría llegado a creer.

Me contó por ejemplo que los árboles más felices son los que viven en los bosques o en las reservas naturales en las que jamás ha intervenido la mano del hombre; otro día me habló también de cómo era su familia, de sus primos “Los Pinos” que desde siempre se habían caracterizado por ser arrogantes y con “delirio de grandeza”, que sus hermanas “Las Lilas” por naturaleza eran coquetas y parlanchinas, mientras que dentro de su linaje existían también otras especies que para “celebrar la vida” la madre tierra -durante la mejor época del año- permitía a algunos de ellos revestirse con flores coloridas de aroma agradable o con frutos de exquisito sabor.

Para alguien tan joven como él (tomando en cuenta que apenas tenía 50 años) no era nada fácil entender que para algunos de sus familiares ser un árbol no representaba para nada ser una misión sencilla, pues con profundo pesar me contó que a pesar de que ellos carecían de sentimientos, el alma de los árboles si podía ser afectada hasta llegar a marchitarse con el reflejo o la vibración de la energía negativa o las emociones “mal enfocadas” de nosotros los humanos.

Esa era la razón que daba explicación a la existencia de tantos árboles marchitos y secos, los cuales de modo irremediable estaban condenados a morir por permanecer durante tanto tiempo al lado de personas que sólo vivían “ensimismadas” en su mundo y que por lo regular eran incapaces de percibir si aparte de ellos, existía algo más.

Permanecer para siempre en el mismo lugar que la madre tierra le asignaba a cada uno de ellos era regla universal e inquebrantable para todos los árboles, pero era triste reconocer también que vivir así podía resultar insoportable para cualquier ser vivo y por esa razón muchos árboles enloquecían al grado de llegar a quebrar con sus raíces las banquetas de concreto, en intento desesperado por escapar de ahí y así intentar sobrevivir.

También existía el caso contrario: árboles que al lograr una sincronicidad armónica de su vida con la de los humanos, al cumplir su misión en la tierra y después que la madre naturaleza por ley natural decidía “removerlos físicamente de su espacio”, ellos se aferraban con tal fuerza a la vida, que todavía durante muchos años después de ya no existir físicamente como árbol, sus raíces aparecían misteriosamente en lugares insospechados como adentro de la tasa del inodoro o en medio de los muros de concreto.

Una vez que el árbol me contó todo eso, me sorprendió descubrir que eran verdaderas cada una de sus palabras, sino darme cuenta también de que mi percepción hacia estos seres con el corazón de madera cambió por completo… Y no sé si fue que me volví mucho más observadora porque a todos lados donde iba, y a pesar de que yo aún no supiera descifrar su lenguaje, siempre me encontraba con alguno que me saludaba o danzaba alegremente al unísono del viento mientras yo iba al estadio a correr, pasaba por el parque una tarde de Domingo o esperaba en el patio de la escuela a que transcurrieran los minutos libres que se dan entre cada clase.

Cuando recién descubrí eso, uno de mis pasatiempos favoritos consistió en preguntarle a los árboles acerca de situaciones muy concretas… Sus respuestas siempre eran muy contundentes e incluso provocaba que entre ellos mismos las opiniones se dividieran… y aunque al principio agitaban sus ramas para representar una respuesta afirmativa o negativa, me di cuenta que si mi cuestionamiento se volvía más complejo y tenía que ver con el futuro o una decisión para mi vida y que dependía sólo de mi “Libre Albedrío”, todos ellos, se limitaban a permanecer inmóviles y estáticos.

Darme cuenta de eso me desconcertó tanto, que no pude evitar cuestionar a mi amigo el árbol respecto a eso y con toda la honestidad surgida desde lo más profundo de sus raíces me respondió que la misión de cada uno de ellos no iba más allá de transformar durante cada estación del año las tonalidades de sus hojas e incluso por momentos, llegar a perderlas todas como una eterna señal de que la vida no se detiene y constantemente se renueva; pero en el caso concreto de los árboles que durante siglos y siglos permanecían inmóviles, sin ninguna señal perceptible de vida en sus ramas, era debido a que así como un árbol era una representación tangible del proceso de la vida, la madre naturaleza, elegía a unos cuantos de ellos para demostrar –a quien fuera capaz de verlo- que más allá de un ser inerte y en apariencia sin vida, existía un ser con la capacidad de permanecer durante mucho tiempo buscando adentro de si mismo los elementos que sirvieran para recordarle con exactitud quien era y la misión que tenía en la vida; pero sobre todo para demostrar –en el momento y el tiempo adecuado- que así como ellos, todo ser vivo puede ser capaz de “resguardarse” adentro de si mismo en los tiempos difíciles, para luego resurgir con más fuerza y lleno de flores o de frutos que todavía lo harán crecer más al poner en práctica el sencillo pero difícil arte de compartir lo que uno tiene con los demás.

La respuesta me dejó sin habla y llegados a ese punto, el árbol me dijo que era tiempo de hacerme una revelación:

“Desde hace mucho tiempo yo ya te había visto… Todos los días te veía pasar y te saludaba a pesar de que tu ni siquiera me tomaras en cuenta y siempre tuve la intención de hablarte porque percibí que a pesar de ser tú una persona llena de amor, adentro de tu alma habitaba también una gran tristeza.

Yo no sabía lo que era eso, porque como te lo había dicho, los árboles no tenemos ni necesitamos experimentar sentimientos, pero tu tristeza era tan grande, que al ser yo capaz de percibirla, por fin entendí la leyenda que mi tatarabuelo “El Ahuehuete” contaba acerca de la noche en que junto a él lloró un conquistador español de nombre Hernán Cortés.

Mi tatarabuelo decía que no había que creer nunca ni en el alma ni en el arrepentimiento de los hombres, pero yo he aprendido que así como entre nosotros puede haber hierba mala que al arrancarse da paso a algo nuevo, a los humanos, la madre naturaleza decidió también regirlos a través de ese mismo equilibrio.

Tal vez sea que ustedes y nosotros no somos tan distintos; puesto que en el fondo el ser humano –sin saberlo- también posee esa capacidad para hibernar y buscar en su interior los elementos que lo harán no sólo crecer, sino descubrir quién es realmente y la misión que tiene por cumplir.

Esa es una regla universal que debes tener siempre presente cuando te encuentres con alguno de nosotros, puesto que si como ser humano eres lo suficientemente humilde como para reconocer que no hay supremacía entre especies, en ese instante las ramas de tu espíritu habrán florecido y se fortalecerán todavía más”.


Desde entonces, ha crecido en mi interior un profundo respeto por la madre naturaleza, respeto que me hace saber que tiene mucho de cierto lo que algunas personas dicen acerca de “abrazar a un árbol” para sentirte lleno de energía o de “pedir permiso a la madre tierra” cada vez que por alguna razón tienes que realizar alguna actividad al aire libre o en medio del bosque.

El alma de los árboles por naturaleza es generosa, así que por el simple hecho de haber mostrado respeto y armonía por un espacio que por ley natural a ellos les pertenece, si por alguna razón te pierdes, no debes tener miedo, puesto que la madre naturaleza será benevolente al mostrar de inmediato a través de ellos, el camino de regreso a casa.

Eso es respecto a las leyes universales de coexistencia entre los árboles y nosotros, pero la enseñanza que me quedó a nivel personal fue tan grande que ahora, cada vez que la tristeza amenaza con ensombrecer mis días y mi vida, sin saber porque pienso en la imagen de un árbol con sus ramas y sus hojas dobladas y a punto de romperse por el peso de la nieve en invierno.

Las dudas y la incertidumbre son algo inherente a la naturaleza humana, y así como los árboles soportan toda esa carga, nosotros somos también capaces de soportar en pie el peso de las adversidades -que al igual que a ellos- la vida luego nos otorgará una nueva oportunidad para sacudirnos ese peso conformado por todo lo absurdo e innecesario... Pues sólo en la medida que seamos capaces de adaptarnos y sobrevivir como ellos a las plagas o inclemencias del tiempo, las raíces de nuestra existencia serán más fuertes y profundas.

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