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Remembranzas Fantasmagóricas (Parte XIII).


Aún no amanecía del todo, pero la visibilidad durante esas primeras horas del día, ya era más que suficiente para percibir la belleza del paisaje desde la ventanilla del vagón en el que Margarita viajaba con destino a la ciudad de México, para reunirse con Fernando.


Había despertado muy temprano, con la intención de escribirle una carta a su amiga Verónica, justo cuando el tren estaba llegando ya casi al final de su travesía. Durante cerca de 20 minutos, y sin apartar la pluma del papel que constantemente humedecía en el interor del tintero, Margarita a través de todas esas letras y palabras que escribía con tanta premura, intentaba compartirle todo cuando había sucedido durante todos esos últimos días que permanecieron sin verse, y por ende: sin hablar.


Era la primera vez que ella se sentía desconcertada respecto a algo relacionado con su mejor amiga. A unas cuantas semanas de que se hubiese realizado la gala en el Edificio de la Aduana (con motivo de la vista del Presidente de Estados Unidos); Margarita se había quedado no sólo con las ganas de presentarle por fin a su prometido, si no que además no entendía bien a ciencia cierta la razón del extraño comportamiento que su amiga mostraba desde entonces.


Un par de días antes de partir con destino a la capital del país, para atender una invitación que el propio Presidente Diaz le hiciera a ella y a Fernando, para que lo acompañasen a pasar una velada en El Castillo de Chapultepec (lugar que la familia del mandatario, usaba como casa de veraneo), Margarita intentó buscar a Verónica, para convivir en las horas previas.


Sin embargo, no sólo le había desconcertado, que de buenas a primeras, al llegar a su casa una mañana se encontró con la noticia de que ella simplemente ya no estaba, pues se enteró a través de la gente de servicio (que en forma permanente permanecía a cargo de su casa), que su mejor amiga decidió de modo repentino, abandonar la ciudad para viajar hasta el estado de Puebla, lugar del que Verónica era originaria y en el que todavía se encontraba gran parte de su familia.


Aquello no tenía nada de malo… Sin embargo había algo extraño en todo eso, que Margarita no lograba entender… “Se suponía” que entre ellas no existían los secretos; por esa razón le desconcertaba tanto, el hecho de no haberse enterado antes de los planes de aquel viaje repentino; y aunque semejante decisión podía haber sido resultado de alguna emergencia o algún imprevisto; algo en el fondo, le hacía saber que no era así…



A Verónica le pasaba algo, lo había notado en la forma tan seria y despectiva con la que la trató la última vez que se encontraron en el atrio de la capilla en la que casi siempre coincidían. Como Margarita era una de las chicas que impartía el catecismo a los niños de la parroquia de la zona, era muy común que ella y Verónica se encontraran, cuando esta última pasaba por la pequeña Ximena, para luego llevarla a casa.


En otro tiempo, hasta esos encuentros habían sido divertidos, ya que por la prohibición que Margarita tenía (por parte de Doña Águeda), para entablar amistad con una mujer sobre la que recaían tantos falsos prejuicios tan sólo por ser viuda; esos momentos en la iglesia, incluso durante la celebración eucarística o los días de la semana en que se exponía sobre el altar “El Santísimo” en la llamada “Hora Santa”, tanto Margarita como Verónica se ofrecian siempre para auxiliar; porque además de que eso les permitía proyectar una imagen de “buenas cristianas”; ese tiempo dentro de la iglesia era el pretexto perfecto para poder convivir más tiempo y conversar sobre sus cosas, sobre todo en los días en que Margarita no tenía ningún pretexto “creible” o suficientemente “convincente” para poder salir de su casa.


Mientras escribía aquellas líneas, Margarita repasaba los recuerdos de momentos acumulados en todo ese tiempo, en los que aprendió a conocer y a querer como una hermana a aquella mujer a la que todo mundo señalaba.


No pudo evitar sonreír al acordarse de la cantidad de ocurrencias que juntas habían ideado en las tardes mientras permanecían trabajando en el taller de Verónica.


Se soprendió al darse cuenta de que desde los primeros encuentros “casuales” en el parque, sumado a las charlas –breves en un inicio- y luego interminables (que encontraron su extensión en las cartas) y con el tiempo se volvieron tan beneficiosas para ambas a nivel introspectivo; todo eso propició que en pocos meses se estrechara y solidificara entre ellas un lazo de amistad y complicidad que difícilmente llega a darse entre dos personas y más en esa época.


La realidad era esa, Margarita ya no se sentía tan sola y tan incomprendida desde que Verónica se conviritió en su mejor amiga y hermana. En el fondo sabía que ese sentimiento era recíproco... Pensaban de la misma manera, compartian los mismos ideales y hasta el hecho de estar trabajando juntas en un proyecto creativo (que era algo inusual para las mujeres de su clase y de su época), representaba un motivo más para reafirmar la certeza que tenía de que aquella amistad no era otra cosa más que la respuesta a algo que ella tantas veces pidió cuando se sintió sola, y había llegado a su vida en el momento justo, en forma de una hermosa bendición.


Margarita sabía que a pesar de que la buscó para tratar de averiguar ¿Qué pasaba? Y aclarar las cosas. Por cuestión de tiempo, sus esfuerzos resultaron ser insuficientes y aunque no entendía ¿por qué?, ni tampoco sabía qué estaba pasando en el corazón de su amiga, no quería que aquello propiciara un distanciamiento, y por esa razón en todos esos días no dejó de escribirle una carta, (al inicio o al final del día); pues esa era la manera en que podía sentir que estaba cerca y del mismo modo seguía involucrándola en cada una de sus cosas…


Concluyó la carta con ese pensamiento, mientras en el papel plasmaba que en la primera oportunidad que tuviera –regresando de su viaje- iría de inmediato a buscarla porque tenía tanto por contarle, pero el verdadero significado de esa frase era que quería saber: ¿qué estaba pasando en realidad?


Luego de meter la hoja escrita dentro de un sobre, y de haber dejado por fin la pluma reposando en el tintero, Margarita apoyó su cabeza sobre el cristal de la ventanilla del vagón y percibió de inmediato la fría humedad que provenía del ambiente exterior.



Ya unos minutos antes, el cochero de aquel tren en el que viajaba le había hecho saber que estaban a poca distancia del punto de llegada y que el viaje estaba por concluir. Algo de lo que ella se percató desde mucho antes, pues además del constante desfile de gente que veía pasar a través de la rendija en la parte baja de la puerta de su coche dormitorio; el paisaje exterior, (matizado por vegetación y agua), le hacía saber que el desierto en que vivía quedó atrás muchas horas antes y una nueva ciudad que no conocía, la esperaba ya.


Bajo otras circunstancias aquello la habría entusiasmado… ¡Pero en fin!... Llegó a la conclusión de que a veces lo mejor es no darle tantas vueltas a las cosas y a pesar de que la vista que se ofrecía ante sus ojos era realmente esplendorosa, sus párpados se cerraron por un instante en un intento por no pensar en nada, en que algo le dolía por dentro y no sabía ¿qué iba a pasar?



A pesar de que llevaba poco tiempo recargada sobre el vidrio de la ventanilla, el frío exterior se apoderó por completo de su ser y de modo inevitable eso la llevó a pensar en Fernando. Como él no estaba ahí, recordó y añoró más que nunca la calidez que siempre prevalecía en sus manos; la sensación que experimentaba de un tiempo a la fecha, cuando por alguna razón él habia tenido que tocarla.


Un pensamiento, dio paso a los otros, y echar de menos ese contacto, la transportó de nuevo en espacio y tiempo a la noche más mágica y especial que ella vivió alguna vez...



Si cerraba los ojos, era posible volver a estar ahí de nuevo… podía visualizarlo todo… Se veía a ella misma caminando al lado de Fernando, totalmente cautivada por la forma en como brillaban sus ojos y el entusiasmo que se proyectaba en su lenguaje corporal y en cada una de las palabras con las que intentaba explicarle los planes que tenía para el pequeño dispensario médico, que gracias al trabajo en equipo de varios de sus amigos, ahora se encontraba en funcionamiento y a disposición de varias familias de escasos recursos.


A Margarita le encantaba escucharlo cuando le compartía las cosas que soñaba, los planes que tenía para convertir el dispensario en una pequeña clínica, una vez que terminara su residencia como médico cirujano en la ciudad de México.


Todo eso, además de haberle permitido conocerlo más en tan poco tiempo; le hacía saber que Fernando; a pesar de su estatus social y de todas las experiencias que gracias a eso tuvo posibilidad de vivir, era un hombre sencillo y de buenos sentimientos.


Era tal el grado de confianza que le inspiraba, que ella misma se sorprendía porque a veces durante la charla él le pedía su punto de vista o le solicitaba algún consejo relacionado con alguna decisión que estuviera a punto de tomar y eso, la hacía sentirse importante.


Sin embargo, las charlas entre ellos no giraban sólo en torno a las cosas que a él le sucedían; y a Margarita le fascinaba que él se mostrara interesado en sus cosas.


Con nadie le pasó nunca eso. Fernando era un hombre tan sensible, que aunque la mayoría de las veces era ella quien preguntaba sobre su trabajo o sobre las experiencias y anécdotas acumuladas durante alguno de sus viajes, él siempre encontraba la forma de invertir los papeles para estar enterado de la forma como Margarita lograba sopesar las constantes limitaciones que eran resultado de la restrictiva disciplina que imperaba en casa de sus padres.


Siempre se mostraba interesado en las cosas que a ella también le entusiasmaban, los planes que tenía, pero sobre todo, ponía especial atención y se quedaba mirándola en silencio (de una forma que la estremecía); cuando con toda la atención del mundo, ella le compartía sus sueños, ideales y forma de pensar.


La noche en que decidieron salir del ambiente superficial que imperaba en la gala celebrada con motivo de la visita de los presidentes, ambos caminaban de la mano pero no hablaban de ningún tema en particular.


- Creo que fue una buena idea salir un momento de la fiesta ¿No crees?-

- Sí, la verdad es que sentía que me estaba asfixiando ahí adentro.-

- Me di cuenta, por eso te propuse que saliéramos un momento.-

- ¿Ah si? Ahora resulta que con tan sólo verme sabes lo que necesito para sentirme bien.-


Margarita no se dio cuenta, pero se dejó llevar por un impulso y le acarició levemente el rostro mientras le decía esto último mirándolo directo a los ojos… Cuando se dio cuenta de eso se sintió la mujer más atrevida del mundo y se apartó de él, adelantándose unos cuantos pasos, en un intento de ponerle fin a aquella cercanía que comenzaba a resultar atractivamente peligrosa.


Fernando la alcanzó al pie de una de las bancas que rodeaban la plaza, y aunque se moría de ganas de abrazarla, y además sabía de antemano que el contacto entre ellos había rebasado ya los convencionalismos socialmente permitidos; él era todo un caballero y jamás intentaría sacar ventaja de aquel sentimiento mutuo de atracción.


Para él, lo que sentía por Margarita, iba mucho más allá de eso. Como hombre era extraño reconocerlo, porque a pesar de que efectivamente le parecía una mujer hermosísima en todos los sentidos, se sentía mucho más atraído por su forma de ser y los aspectos de esa personalidad tan única que en unos cuantos meses aprendió a amar y conocer.


No sabía como explicarlo, pero algo en su interior le hacía tener la convicción de que quería estar con ella para siempre. Estaba enamorado de ella y aquella noche lo entendió más que nunca cuando la tomó de las manos, pero en la búsqueda del camino hacia ellas, al rozar sin quererlo la piel de sus brazos, ella se estremeció.


Una vez más estaban demasiado cerca, y por un instante, la escasa distancia, propició que él quedara fascinado al descubrir a través del brillo transparente de la mirada de aquella chica, que de la misma manera que él la miraba, (irradiando un infinito sentimiento de amor y ternura,) su propio reflejo se proyectaba a través de los ojos de ella, de la misma manera también.


Quería preguntarle si alguna vez se había imaginado que el antipático tipo con el que la comprometieron desde niña y le enviaba todo ese montón de orquideas que tanto odiaba, llegaría un día a enamorarse de ella; pero ya no pudo hacerlo, porque la proximidad le ganó y tras palpar en forma leve la comisura de sus labios, ya ninguno de los dos pudo resistirse y el silencio que se hizo aún mas denso entre ellos, fue el preludio de su primer beso.


A pesar de que aquello era algo que ambos venían deseando desde hacía mucho tiempo, la sinceridad y el sentimiento genuino que desde hacía meses había surgido entre ellos propició que aquel beso estuviera más impregnado de amor que de pasión.


Fernando no pudo evitar sonreír, cuando luego del beso, al apartarse momentáneamente de Margarita, se dio cuenta que ella se recargó en su pecho y se dejó por fin envolver en sus brazos, porque sabía que finalmente había encontrado su lugar.


Aquella noche Fernando le preguntó: ¿Quieres ser mi novia?, cuestionamiento al que Margarita respondió con otra interrogante de 3 palabras: (¿tú que crees?) y que tras una sonrisa, tuvo la audacia de sellar con otro beso.


Así, después de un tiempo en que la convivencia propició que se fueran conociendo, aquella noche su unión se volvió más importante que nunca, pues al fin estaban juntos no por los convencionalismos sociales ni la honorabilidad de un pacto acordado entre familias, sino porque de verdad se habían enamorado, y era así como para siempre y a partir de ahí, intentarían estar.


**********************


Margarita se ruborizó al recordar todas las sensaciones y emociones de aquella noche, y cuando abrió de nuevo sus ojos a la realidad el tren había reducido notablemente su marcha y se encontraba ya entrando en los andenes de la estación central de la ciudad de México.


Su dama de compañía la apresuró para reunir en un solo lugar todas sus cosas, y ella obedeció a esa indicación más por reflejo que por convicción propia, pues sus pensamientos se hayaban concentrados y divididos entre la idea de que necesitaba tanto a su amiga para contarle todo eso que le estaba sucediendo; y entre la desesperación que le provocaba darse cuenta que bajar del tren no sería una labor sencilla y aplazaría todavía más el anhelado encuentro con su prometido.


Pero aún las esperas más prolongadas culiminan, y los viajes más largos llegan por fin a su punto de encuentro. Cuando el tren se detuvo, Margarita hizo prácticamente a un lado la prudencia y olvidándose de todo, bajó del tren abriéndose paso entre la gente que avanzaba mucho más lento de lo que ella imaginó.


En el exterior de la estación, la humedad de una lluvia que apenas si comenzaba a hacerse perceptible la hizo experimentar nuevamente frío, de ese que se cuela y cala hasta los huesos, sin embargo esa sensación le duró muy poco, pues tras unos minutos de correr de un extremo a otro por los pasillos del andén, buscando a Fernando, al detenerse frente a un vagón cercano a la locomotora para recobrar un poco el aliento; el cristal empañado de una de las ventanillas le ofreció el reflejo de una figura que aunque distorsionada, supo muy bien reconocer.



Era su prometido, que se hayaba justo detrás de ella; esperando bajo esa lluvia persistente con un ramo de flores en la mano.


Descubrirlo así, no sólo la sorprendió, sino que la desarmó por completo, mientras que Fernando, en cuanto la tuvo cerca lo primero que hizo fue abrazarla como si hubiera pasado una eternidad sin verla; mientras que ella por su parte se dejó envolver por completo, pues durante una vida entera había esperado recibir un abrazo como ese.


Tras unos instantes en que ambos se olvidaron de todo cuando existía a su alrededor para concentrarse ella en la textura de su barba, y él en la suavidad de su cuello y los cabellos desordenados que quedaban a su alcance mientras la besaba; el tiempo siguió su marcha y tras ese reencuentro comenzaron a caminar juntos y abrazados hacia la salida de la estación… La lluvia que lo había impregnado todo de una nostálgica humedad, por fin había logrado disciparse, la ciudad de México los esperaba afuera y un cúmulo de acontecimientos estaban por suceder…


Continuará...

Comentarios

Vane dijo…
Después de la última parte que habías publicado pensé que seguía algo así como revolucionario, o violento por así llamarlo, pero no, me encontré con un capítulo lleno de nostalgia, amistad, dulzura, y romance.

En éste parte me ocurrió algo diferente que las otras, todo me pareció tan familiar, lo que cuenta Margarita de su amiga, la relación que ellas tienen, los recuerdos de esa noche con Fernando, la emoción por verlo, todo, todo, y en especial yo lo leí antes en otro lado, pero la protagonista era otra, una persona muy cercana a mí, por eso digo que todo esto en otro tiempo y circunstancias yo lo leí, y no era una historia inventada, fue algo que existió de verdad.

La verdad que me puse nostálgica porque me gustaría haber sido yo la que fuera recostada en el vidrio de algun vagón recordando un instante mágico, ay -eso fue un suspiro-, en fin...que suerte la de Margarita, y que suerte la de la otra persona que me recordó este capítulo.

Gacias por una parte más de estas remembranzas, más allá de la nostalgia me gustó mucho, y me robó un suspiro, y eso es mucho.

Comienza una semana más, ojalá sea maravillosa. Te dejo besos, abrazos, y mimitos.
holas!!

worale! que historia tan genial, es cierto, en capitulos o partes anteriores parecia llevar un rumbo distinto... perfecto

:D

sale me retiro, que estes bien
ay seguimos en contacto, me voy porque hay que cenar y dormir ^^
Anónimo dijo…
Guao, que bonito y que romantico!!!!!me diste en mi pata de palo jeje
saluditos martha, esperando con ansias la continuacion
maru de chocolate