Me quedé...

Me quedé abrazándote hasta las 9...

En un intento desesperado por detener el tiempo...

Y no era sólo el deseo de percibir con todos los sentidos como mis formas se enredan y se amoldan a la curvatura de tu cuerpo en una sincronía perfecta.

Me quedé todavía un poco más tarde, intentando atrapar tu aroma que poco a poco se escapa de la almohada, ese que aunque se evapore por completo, se evoca en la ausencia, con el recuerdo de un silencio repleto de suspiros, y la textura de los dibujos que llevas impregnados en la piel.

Me quedé de madrugada y en silencio tantas veces...

Perdida en la fascinación de las dimensiones de tus manos, de tu sonrisa que adivino y hasta soy capaz de ver en medio de la penumbra a través de un sendero de lunares... Esos que delimitan un camino al paraíso... Me quedé porque con el tiempo aprendí a trazarlo como un mapa secreto que dirige mis pasos y los tuyos hacia un plano más etéreo que permite ver más allá de la corporalidad.

Me quedé porque aprendí a amar todo lo que eres...

El sonido de tu risa, la ternura de tu alma y la fragilidad de tu cuerpo que busca refugiarse en mi cuando el día se ha acabado...

Me quedé, porque empecé a entender todo lo que dices sin palabras...

Aprendí a descifrar el lenguaje de tu cuerpo... La forma como sonríes y tus ojos brillan cuando algo te ilusiona o te emociona, cada uno de los pliegues que se dibujan en tu frente cuando algo atrapa tu atención o te desconcierta...

Me quedé, porque me fascinó la desesperación con la que tu intensidad por amar en tiempo presente se materializa en tus besos y en la punta de tus dedos; en la calidez de tu piel que irónicamente se estremece por el frío, y que hoy sé perfectamente descifrar y diferenciar cuando es una reacción física al entorno o una respuesta espontánea a la interacción de tu piel con mi piel...

Me quedé, incluso cuando por miedo a involucrarme demasiado, intentaba protegerme poniendo un poco de distancia... Me quedé -al igual que tú- cuando las cosas no fueron tan mágicas ni los días tan felices, y fue entonces cuando me di cuenta que me estaba enamorando de verdad de alguien igual de imperfecto como yo...

Y entonces entendí que todas esas veces en que se hizo tarde porque de verdad ni tu ni yo queríamos irnos, no me había quedado sólo en tus madrugadas, en tus abrazos o en la forma en que nuestros cuerpos aprendieron a reconocerse.

Me empecé a quedar en tu vida, sin importar si es para siempre o no....

Tu ternura comenzó a parecerse a esa planta del bowl con la que un día llegaste sin hacer ruido y, casi sin darnos cuenta, mientras nuestros días fueron sumando semanas y meses, comenzó a extender sus raíces... No para invadir, ni para aferrarse por miedo a partir, sino porque encontró tierra fértil, un lugar donde crecer, y permanecer...

Me quedé, porque entre todas las posibilidades del mundo, encontré en ti algo que no esperaba, pero no se parece a ningún otro sitio donde yo ya haya estado....

Me quedé, porque descubrí que amar no era detener el tiempo a las nueve de la mañana, ni conservar para siempre el aroma sobre una almohada, sino elegirte también cuando los días son comúnes, cuando la magia descansa y la vida simplemente sucede.

Y si alguna vez me preguntas: ¿Por qué me quedé? (aún cuando según tú me diste mil y un razones para irme), creo que la respuesta será siempre la misma:

Me quedé, porque cada vez que te miro tan cerca o a lo lejos, entiendo que eres TODO lo que vale la pena.

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