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99880 Kilómetros... Un año sobre ruedas.



Y los kilómetros se acumularon... No recuerdo exactamente que día fue, tan sólo sé que ya ha transcurrido un año exacto desde que decidí que el vehículo que utilizaría para transportarme en una ciudad tan grande, sería una motocicleta.

Debo confesar que esa decisión fue tomada más por necesidad que convicción... En ese entonces yo trabajaba en el periódico todavía y necesitaba urgentemente un vehículo para poder realizar mi trabajo como reportera. No había dinero suficiente ni tampoco un crédito para un auto; así que después de analizar y pensar mucho, un fin de semana llegué a mi casa y le dije a mis padres que me compraría un vehículo motorizado de dos ruedas, para poder ir a trabajar.

A un año de distancia, me da risa porque todas las personas a quienes les dices algo como eso: lo primero que te dicen es: "¡Estás loca! ¡te quieres matar"...
Toda la gente que sabe que andas en moto, no sé porque curiosamente se acuerda de alguien que se accidentó o perdió la vida de manera trágica en una motocicleta... Al principio yo no quería ni escucharlos, hoy solamente digo: "Gracias por los buenos augurios"...

El día que fui por ella, hice a mi papá que me acompañara (él y mi mamá durante todo su noviazgo y los primeros años de casados se la pasaron en moto), así que mi padre era la única persona que yo conocía  aquí en la ciudad, que me podía orientar en ese aspecto.

No tardé mucho en elegirla. Recuerdo que yo la quería en color negro, pero al no haber otra opción, sólo me fijé que fuera automática... Aunque no la sabía manejar. (mi papá fue quien se la llevó de la tienda  a la casa esa tarde).

Al siguiente día y con más miedo que ganas, me salí con la moto a los alrededores de mi casa, -para según yo- ir perdiendo el miedo... Los primeros cincuenta kilómetros abarcaron varias vueltas a la cuadra y un paseo hasta El Parque Chamizal... Todo iba muy bien, hasta que en el regreso a casa, como dos cuadras antes de llegar, estaba a media calle una señora gordita, que nunca se quitó y por querer esquivarla, topé con el borde de la banqueta y fui a dar con todo y motocicleta al suelo...

Esa tarde, ya en casa con la moto estacionada, recuerdo que me senté en la banqueta y me quedé viéndola, pensando en si no había tomado una mala decisión y si no me estaría arriesgando demasiado...

Ese fue el primer y único raspón que le di a la moto estando nueva, y sería el primero en mis rodillas... 
A los pocos días ya iba y regresaba en ella de la casa al trabajo y viceversa. Aprender a dar vuelta fue lo más complicado durante las primeras semanas, y para no exponerme tanto, buscaba las avenidas menos transitadas y viajaba a menos de veinte kilómetros por hora; pues lo primero que aprendí al andar en moto fue que si conoces bien el camino y casi armas un plano mental en tu cabeza de las ubicaciones exactas donde se encuentran los hoyos y las alcantarillas hundidas, menos posibilidades tendrás de sufrir un percance.

A un año de distancia, andando en moto he aprendido muchas cosas... Primero que nada, a tener respeto por la velocidad y que por más tarde que sea, yo no llevo prisa... La mayoría de los conductores son muy intolerantes; así que no está de más respetar doblemente los señalamientos y cargar a bordo toda la paciencia que se pueda.

El miedo se desvaneció... Se quedó guardado en la cajuelita debajo del asiento; pero junto al acelerador está siempre presente la prudencia; además de que sé que hay algo o alguien superior que siempre me acompaña, porque en varias ocasiones eso es lo que me ha salvado de los conductores que no respetan ni los indicadores con el límite de velocidad, mucho menos un semáforo en rojo.

Entre las cosas mágicas que he experimentado en estos 365 días sobre ruedas, están: sentir la libertad total rozándome de forma invisible el rostro; los pulmones llenos de aire, y los atardeceres de verano que no se disfrutan igual que cuando viajas en un auto...

Prevalecen también los recuerdos de la persona más importante que ha habido en mi vida y que fue quien me enseñó a perder el miedo en estos vehículos... Ahora manejando yo, sé la responsabilidad que implica llevar a alguien más en la parte trasera del asiento, y sé que el haber aceptado viajar a su lado y la manera como ella manejó, fue confianza ciega y absoluta... Algo que deposité y depositaría en esa persona una y mil veces y sin dudar.

Sobre dos ruedas, el regreso a casa en verano -sin importar si es de día o de noche- quisieras que fuera más largo y que no terminara nunca...

Lo más hermoso que me ha pasado es encontrarme con un niño que desde el auto de sus padres me sonrió y me acompañó con la mirada tal y como si yo viajara en una nave mágica...
También he estado más conectada que nunca con el momento presente, y en la travesía de un punto de la ciudad a otro, he imaginado mil historias. Muchos escritos que han leído en el blog comenzaron en el lapso de tiempo que dura el cambio de luz roja a verde; y hasta hubo un verano en que imaginé un ángel desplegando sus alas sobre el asiento trasero mientras recorríamos juntos la ciudad.

Hubo un tiempo que imaginé viajar hasta la capital del estado en esa motocicleta... Averigué y parece que no es lo más adecuado; pero aún así he realizado recorridos largos y en la actualidad, para poder llegar al trabajo, atravieso de extremo a extremo la ciudad, y por una avenida muy grande que en otro tiempo ni siquiera me hubiera atrevido a recorrer.

Fuera de una llanta ponchada en dos ocasiones, y una batería que se descargó completamente por las temperaturas tan bajas, nada le ha sucedido a mi moto. Algunos dicen que eso se debe a que está muy nueva, pero yo pienso que tiene que ver también el uso y sobre todo el aprender a escuchar el motor... Saber cuando se está forzando y cuando se puede girar un poco más el manubrio del acelerador.



Por fortuna ya no hubo más incidentes ni caídas... Fueron sólo dos y espero que las cosas sigan igual; pues sobre ruedas he pasado por todos los cambios de estaciones y así como he seguido la ruta del amanecer, he manejado con viento y tierra que dan poca visibilidad, me he congelado en invierno (por más abrigada que yo vaya), pero la motito no se raja y jamás me ha dejado tirada ni siquiera en las calles inundadas por la lluvia.

En estos últimos días mientras viajo me ha acompañado el pensamiento de que cuando sea anciana recordaré sin duda los días en que mi cuerpo aún era fuerte y podía recorrer la ciudad a bordo de una máquina como esas.

Desconozco cuántos más serán los kilómetros que me esperan, pero sé que el recorrido será largo y después de 99880 kilómetros, estoy segura que al igual que en mi vida, todavía me queda en el camino tanto por ver y aprender...

Gracias por estar ahí y protegerme siempre... Por acompañarme y viajar conmigo en forma de pensamientos que luego se convierten en apuntes sobre ruedas.
P.D: Algunas de las imágenes que he captado en este año de viajar en moto:


























"El peligro en una motocicleta, es inversamente proporcional al respeto que tienes por la velocidad".
-MB-

Comentarios

Nefer Munguia dijo…
Hola!!!

Que padre, yo siempre he querido una motocicleta pero me da miedo así que mejor me quedo como estoy, además dudo que pueda comprar una jojojo

Si, bueno... ya me voy porque tengo tarea :(

Saludos!