Ecos de Luz

on lunes, agosto 05, 2019
Hoy viajé a la velocidad de siempre (299,792.458 metros por segundo) y en mi alocada carrera fui a dar por los angostos resquicios de una persiana metálica ubicada en lo alto de un edificio tipo galera enorme.

Al entrar, alguien ahí quiso atraparme... Pero sus ojos, al igual que el pequeñísimo obturador de la cámara en su teléfono, eran demasiado lentos para mi.

Yo por mi parte, quise aprovechar esa pausa en el camino para divertirme un poco. Tenía apenas un sólo instante para hacerlo, así que volví brillantes todas las superficies metálicas y cristalinas que encontré a mi paso; hasta que reboté sobre la mesa de trabajo de quien me quiso atrapar, y al encandilar sus ojos con la intensidad de mis rayos, fue que me di cuenta que era una mujer.

El tiempo es el que a veces logra medio igualarme el paso; y fue quien me hizo saber que había llegado ya el momento de irme.

Comencé a alejarme haciendo cada vez más tenue el haz luminoso que fue la prueba evidente de mi paso por ese edificio. Volví a correr para retomar mi camino en dirección hacia el otro lado del océano, pero esta vez el pensamiento de la mujer con quien estuve jugando dentro de aquel enorme lugar iba a mi lado, pues había decidido seguirme los pasos.

Para mi fue tan inusual como sorprendente contar con compañía; pero debo contar que decidí permitir que viajara conmigo, porque en la décima de segundo en que esa mujer y yo nos encontramos, fue justo un lapso de tiempo en el que ella había pasado la mayor parte del día sin pronunciar palabra alguna (en el sentido de usar las palabras y su voz tan sólo para pedir o comunicar cosas tan indispensables como cotidianas); por eso fue su alma, la que en un impulso audaz logró que su pensamiento fuera tras de mi.

Soy LUZ, puedo viajar y desplazarme de la manera que nadie más lo hace... Es por eso que la definición de tiempo como tal, para mi no existe. Aunque en ese día, si tenía marcado ya un destino o punto de llegada, no tenía prisa; así que antes de cruzar el meridiano que divide el espacio del tiempo en la tierra; envolví el pensamiento de esta chica (tal y como si la tomara a ella misma de la mano); para llevarlo a mi propio paso, para que fuera mi cómplice y viera las cosas que debo hacer antes de marcar el final del día; y es justo lo que nadie más allá puede ver y me hace ser mucho más que un simple fenómeno natural de refracción o radiación perceptible a la vista humana.
El primer lugar a donde llegamos juntos fue al pie de una ventana donde pacientemente nos esperaba un hombre ya mayor que sujetaba con una de sus manos una porción de la tela de la ventana que cubría parcialmente los cristales abiertos.

Cuando llegamos ahí lo que era triste y sombrío de pronto se volvió tan luminoso; y a la par del viento que lo hizo suspirar y entrecerrar sus ojos como dando gracias por haber terminado su prolongada espera con nuestra llegada; sonrió como si pudiera vernos y tocarnos... Ya no era necesario hacerlo con sus ojos o sus manos; pues todo lo que era él de verdad se había quedado abandonado reposando sobre la cama a unos cuantos metros del inmenso marco de madera a través del cual habíamos entrado...
Sí, era ya su tiempo...Ni siquiera quiso mirar hacia atrás cuando su figura se disolvió junto a las partículas de polvo que dejaron de ser visibles cuando nos alejamos de ahí.

Él no era el único... En la fracción de tiempo que entramos y salimos le mostré una de las cosas más sorprendentes que quizá ella ni siquiera hubiese imaginado: Puedo ser tan omnipresente como el mismísimo Dios o el pensamiento humano; pues mientras nos alejábamos volando, le hice saber que a medida que recorría cada uno de los huecos donde nos aguardaba esa alma, que en cada uno de los pisos y ventanas ubicados entre altos muros de ese mismo lugar; había otras personas que también se asomaban esperando que yo pasara, les acariciara el rostro con mi calidez, para luego tomarlos de la mano... Aunque claro, también había una que otra alma nueva que de cuando en cuando me tocaba depositar con un suspiro profundo y a la altura del pecho, dentro de un nuevo y pequeño disfraz...

Mientras nos alejábamos de ahí le conté que esa era la parte que más me gustaba de lo que podría llamarse "mi trabajo". Que así como entré y salí en unos cuantos segundos del edificio donde todos los días yo iba y la visitaba (pero hasta hoy nos habíamos encontrado); la parte más importante de mi misión era crear en un micro segundo esa escalera hacia el cielo que de cuando en cuando se ve entre las nubes y que es justo el punto de acceso por el que quienes llegan o se van de este mundo transitan.
Ella sonrió, pues esto último le confirmó que de verdad servían entonces sus oraciones silenciosas al final del día por todos aquellos que llegan a este mundo, al igual que los que se van.


Que ella me contara eso mientras nos alejábamos de ahí me puso de muy buen humor;  así que decidí sorprenderla mostrándole todavía un poco más y en la travesía hacia un punto donde le dije que le tenía preparada una sorpresa, la llevé por el camino largo, justo ese que conducía hacia la orilla de la tierra y que representaba la parte final de mi recorrido cada día.
Yo sabia bien que en ese punto, a mi paso, siempre sucedían cosas sorprendentes y mágicas. Esta vez no fue la excepción, ni tampoco me equivoqué al decidir hacerlo, pues a nuestro paso, encontramos una impresionante ballena jorobada que con el simple hecho de tocarla yo de manera superficial, nos regaló a través del espiráculo que la madre naturaleza le regaló para respirar después de un tiempo prolongado bajo la superficie, un hermoso suspiro materializado en arco iris.

Ella quedó fascinada, pero aún faltaba la mejor parte de ese viaje, así que girando a través del viento y del espacio la llevé hasta el punto donde ya en la ciudad y en medio del tráfico; juntos e invisibles nos deslizamos a través del tablero de un auto varado en el tráfico de las cinco de la tarde,  y donde una chica hermosa sonreía mientras hacía planes para el fin de semana con el teléfono prensado de forma leve entre su oído y hombro.

Era obvio que sabía de quien se trataba y reconoció al instante esa conversación que se dio un punto indeterminado del tiempo... Al respecto yo sólo pude argumentar que cada día, (si me daba tiempo aún), me gustaba pasar así, rápido y de improviso haciendo brillar los ojos de las personas que tenían ilusiones y eran felices... Ella lo entendió muy bien, aunque me preguntó que pasaba con quienes estaban tristes; y tan sólo me limité a contestar que a ellos tan sólo podía regalarles un poco de calidez y al mismo tiempo un punto de distracción del mundo y sus trivialidades, haciendo que me siguieran hasta el punto donde visualmente ya no fuera posible...

La verdad no recuerdo si le mostré más cosas... Tampoco puedo decir si nuestra aventura de ese día fue corta o prolongada; pues aunque dicen los que saben que mi propia velocidad al propagarse a través de la materia se hace lenta o rápida; -como dije antes-, la concepción del tiempo para mi no existe, así que si esto sucedió en una millonésima de segundo o en varias horas, tan sólo recuerdo que cuando me tocó llevar a su pensamiento de regreso, era ya de noche y su cuerpo físico seguía trabajando aún dentro del mismo lugar.
Estaba tan fascinada que se olvidó de darme las gracias... No me atrapó, pero ya muy tarde, después de que me había ido, todo el camino de regreso a casa se la pasó escribiendo sobre todo lo que le compartí en nuestra pequeña odisea de ese día, para que ni el tiempo ni el olvido difuminaran todo lo que su mente le contó a su alma que vio durante esos Ecos de Luz.

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