Diosidencias

Era poco antes de la 1 de la tarde, de un día normal de entresemana. 

Yo estaba con el tiempo justo para alcanzar a visitar otras 3 tiendas de mi trabajo de promotoría, poco antes de que se llegara la hora de entrar a la universidad.

Hacía mucho calor, algo inusual para ser los días previos a la entrada del equinoccio de primavera, estaba ya en el estacionamiento exterior casi vacío de una tienda Liverpool que era parte del recorrido de ese día, y tras terminar de llenar el formato correspondiente a esa visita dentro del auto, de pronto recordé que necesitaba un ticket de compra con la fecha del día para poder comprobar mi estadía en ese lugar.

Pensando en eso y con la idea de marcharme lo antes posible al siguiente punto me bajé del auto apresurada y con el portazo que cerró la puerta vino a mi una sensación sorpresiva de arrepentimiento, puesto que había dejado las llaves del auto pegadas en el switch de arranque y también el celular.

Ya era la tercera vez que me pasaba en ese mes... y había perdido ya también la cuenta de las veces que había vivido esa misma situación en todos los años que ese vehículo tiene conmigo... Intenté calmarme, lo único que traía en la cangurera atada a la cintura era la tarjeta de débito, una pluma y cero monedas... El sol empezó a calarme en el rostro y opté por entrar de nuevo a la tienda a comprar cualquier cosa para obtener el famoso ticket en lo que pensaba como solucionar lo antes posible ese inconveniente.

Llamar a mi casa, (donde tengo guardada una copia), no era para nada opción, primero porque era la hora del día en que mi papá está fuera llevando a mis sobrinos a la escuela y en el dado caso que lograra localizarlo tardaría una eternidad en llegar hasta el punto donde yo estaba.

Al terminar la compra dentro de la tienda (que por cierto tampoco sirvió de nada porque los tickets ya son electrónicos y los envían por correo), me salí al pasillo que atraviesa el centro comercial completo con la idea de llegar hasta un cibercafé que había ahí y ver si rentaba una computadora para mandar un mensaje o solicitar si me alquilaban un teléfono para llamar a mi casa.

Con esa idea en mente como solución rápida, empecé a caminar por el centro comercial, cuando de pronto vi a un grupo de policías municipales que estaban recargados sobre el muro de lo que antes era un cine y hoy es una estética junto a una joyería.

Aunque dudé un poco al principio, se me ocurrió pedirles ayuda a ellos y de inmediato accedieron, no sin antes cerciorarse de que el auto de verdad era de mi propiedad bajo una serie de preguntas de todo tipo.

Cuando llegamos al auto, de inmediato le quitaron la antena con la que se sintoniza el radio y que se ubica en la parte trasera del vehículo. Uno de ellos sacó una navaja multiusos y mientras uno intentaba forzar la puerta para abrirla, el otro introdujo la antena con un improvisado doblez en la punta para tratar de llegar hasta el botón de la puerta para abrirlo.

Por el lado del volante no se pudo, y tras varios minutos optaron por la puerta del copiloto, pero el problema era que la antena era demasiado corta y hacía falta un alambre que alargara la extensión para poder llegar hasta el botón que está situado justo en medio de la puerta.

Lo único que se me ocurrió fue intentar buscar a alguno de los señores parqueros o cuida coches que estaban al otro lado del centro comercial, para ver si por pura casualidad alguno de ellos traía entre sus cosas un alambre, pero en el camino me encontré una lona de un local que estaba en renta y literalmente me robé un pedazo de alambre que sujetaba la parte de en medio de la lona.

Se la entregué a los policías y entre risas, esfuerzo y frentes aperladas por el intenso sol que brillaba a esa hora, los polícias me hicieron saber que ese sería el último intento que harían para poder abrir el carro y si no la única opción sería hablar a mi casa y esperar las horas hasta que llegaran con la llave de repuesto.

En ese instante una camioneta grande con una base de metal en la parte trasera se detuvo a la altura de nosotros, y un hombre de mediana edad que por su ropa se veía que trabajaba en algo de construcción o era contratista bajó el vidrio del lado contrario al volante y me pidió que me acercara.

De la bolsa trasera de sus jeans sacó una cartera desgastada y al abrirla en la parte de la billetera extrajo una llave muy parecida a la de mi carro pero que estaba rota. Literalmente era sólo la parte que entra en la cerradura del auto y extendió su mano para dármela, mientas me decía:

-Mire, esta llave es de un auto "yonkeado" que tiene mi hijo en la casa, vea si le sirve para abrir su carro"-

La tomé sorprendida y se la pasé de inmediato al policía que llevaba varios minutos con el alambre dentro de la puerta. La introdujo en la cerradura con cuidado, dio vuelta y ¡Bingo!, el seguro cedió y la puerta quedó abierta al instante.

Le devolví el trozo de llave rota al hombre de la camioneta, junto con mi agradecimiento genuino por haberme salvado y sin decir nada más, con una simple sonrisa desapareció....

Me fui de ahí, agradeciendo a los policías (que por cierto estaban todos muy jóvenes), y no quisieron aceptar nada en recompensa y varios minutos después, ya en otra de las tiendas que tenía que visitar ese día y todavía con el tiempo justo para llegar a mi trabajo de la tarde, me cayó el 20 de que eso fue una "Diosidencia", sino de que manera se puede explicar que ese señor pasara justo en ese momento y de la nada nos ofreciera una llave rota que era justo la del modelo del carro y solucionó todo el problema en menos de un minuto.

No es la primera vez que me pasa, hace mucho tiempo también, en mis primeros años como conductora un joven salió de la nada y me ayudó a desponchar mi carro que quedó con la llanta destrozada en uno de los millones de baches que hay por toda la ciudad... Después de eso quise darle un aventón para acercarlo a donde iba y ya no lo encontré, y no había manera de que pudiera haberse perdido en una zona donde sólo hay vehículos y no personas.... ¿Díganme si eso no es una Diosidencia y si no volvió a serlo esta vez?

Me sentí muy afortunada de saber que Dios siempre se hace presente y muy agradecida también.

No cabe duda que nunca estamos solos, aunque a veces pensemos que si...

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